LAS PREGUNTAS DE LA VIDA 4.1.1.2 LAS PREGUNTAS DE LA VIDA. Fernando Savate | Page 77
Las preguntas de la vida
77
.............................................................................................................................................................................................
pasado o del nivel científico de las observaciones que realice en el mundo natural. No necesita la misma
exactitud en la determinación del instante el campesino o el cazador que el obrero industrial de la sociedad
moderna. La medida del tiempo es siempre un punto de encuentro social en el que se armonizan los
miembros del grupo de acuerdo con determinados objetivos compartidos: a veces basta que florezcan los
campos o que vuelvan los pájaros (lo que no siempre ocurre en plazos idénticos), en otras ocasiones deben
establecer recurrencias precisas que tengan que ver con mecanismos abstractos y no admitan alteración o
excepciones, como el tiempo de nuestros relojes mecánicos.
En cualquier caso, las formas de medir el tiempo son convenciones necesarias para establecer
determinadas unanimidades socialmente imprescindibles. Sin medidas del tiempo comunes (como sin
haremos comunes para medir longitudes, cantidades o pesos) el funcionamiento del grupo social -basado en
la cooperación y el intercambio- se hace imposible. Ciertos grupos sólo requieren medidas temporales muy
laxas, en otros es de rigor la mayor exactitud; en las sociedades tradicionales lo importante es determinar los
momentos de reunión de toda la colectividad, en las modernas cuenta sobre todo la forma en la que cada cual
organiza sus actividades particulares. Desde luego tales pautas de medición caracterizan el tono peculiar de la
relación con el tiempo dentro de un grupo. En las sociedades técnicamente desarrolladas, por ejemplo,
vivimos en un tiempo de precisión agobiante pero también mucho más «privatizado» que en otras co-
lectividades. No son tanto los hitos colectivos sino las relaciones entre particulares las que se ven sometidas a
horarios estrictos. Por lo demás, cada cual se orienta temporalmente a su gusto: cuanto más moderna es una
gran ciudad, tanto más fácil por ejemplo resulta comer o hacer compras en cualquier momento. Aun así,
persisten algunos mojones colectivamente significativos, como el final del año o el comienzo de las
vacaciones estivales, y ciertas convenciones se cargan de significados trascendentes: pensemos en cuántas
elucubraciones se están haciendo en torno a un avatar del calendario tan fortuito como el próximo cambio de
milenio...
Ya adoptemos unas u otras medidas temporales, uno no puede dejar de pensar que existe además y al
margen de ellas un tiempo independiente de cualquier convención humana. Es decir, que ciertos cambios
naturales cumplen sus plazos sea cual fuere nuestra forma de orientarnos socialmente en lo temporal. Los
astros tardan un determinado tiempo en recorrer sus órbitas y las células tienen inscrita su propia fecha de
caducidad aunque nadie pueda establecerla precisamente: no por carecer de una medida exacta del giro de la
Tierra en torno al sol logra ningún hombre vivir mil años... Por arbitrarias que sean nuestras pautas de
orientación temporal, en todas ellas ciertos acontecimientos preceden siempre e irreversiblemente a otros,
como el nacimiento de un padre al de sus hijos o la siembra a la cosecha. Aunque la cosmología actual
relativice nuestras formas de medir el tiempo a escala cósmica e incluso se hable de una «creación» constante
de espacio y tiempo de acuerdo con la expansión del universo, nadie sostiene a favor de tal perspectiva que la
aparición del sol fuese posterior a la del resto de los planetas o que los mamíferos antecedan evolutivamente a
los dinosaurios. Además del tiempo «social», establecido por nuestras necesidades colectivas y las formas de
medición que responden a ellas, debe existir algo así como otro tiempo «natural» que a veces sirve como
orientación del primero pero que en todo caso transcurre de modo independiente a las normas humanas. Sólo
en fantasías subversivas como A través del espejo, de Lewis Carroll, sucede que primero se grite de dolor,
luego se empiece a sangrar y finalmente se sufra el pinchazo en un dedo...
Según ya hemos apuntado al comienzo, el «ahora» que responde a la pregunta «¿cuándo?» puede
registrarse en cualquiera de las tres grandes zonas que se reparten nuestra comprensión del tiempo: pasado,
presente y futuro. Pero de las tres, dos de ellas -el pasado y el futuro- no tienen más que una realidad digamos
que «virtual». La vida siempre ocurre en el presente y fuera del presente nada es del todo real, nada tiene
efectos directos: no me herirá ninguna de las balas disparadas en la segunda guerra mundial ni me puedo
broncear al sol del verano del año 2005. El guasón de Lewis Carroll inventó una rica mermelada que se podía
comer cualquier día, menos hoy: eso equivale a dejarnos literalmente con la miel en los labios, porque lo que
no puedo comer «hoy» -cualquiera que sea la fecha en el calendario de ese «hoy»- no lo podré paladear
nunca. ¿Deberíamos, por tanto, desentendernos del pasado y del futuro para concentrarnos exclusivamente en
el presente? ¿Hacemos mal en llenar nuestro presente de las sombras del pasado y de las promesas del futuro?
Tal es la opinión de Pascal, severo y lúcido moralista: «El pasado no debe preocuparnos, porque de él no
podemos más que lamentar nuestras faltas. Pero el porvenir nos debe afectar aún menos, porque nada tiene
que ver con nosotros y quizá no lleguemos nunca hasta él. El presente es el único tiempo verdaderamente
nuestro y que debemos usar según manda Dios... Sin embargo, el mundo es tan inquieto que no se piensa casi
nunca en el presente y en el instante que vivimos, sino en el que viviremos. De modo que siempre estamos
empeñados en vivir en lo venidero y nunca en vivir ahora» (carta a Koannez, diciembre de 1656). No sólo a
nivel individual los remordimientos del pasado o la desazón del futuro pueden pudrirnos el presente en que
efectivamente vivimos: también vemos que pueblos, naciones o colectividades sacrifican el presente «ahora»
empeñándose en vengar o reparar agravios pretéritos o sacrifican a las generaciones actuales en nombre del
bienestar de las futuras (¿por qué dicho incierto bienestar debería ser preferible al de nuestros con-