LAS PREGUNTAS DE LA VIDA 4.1.1.2 LAS PREGUNTAS DE LA VIDA. Fernando Savate | Page 75
Las preguntas de la vida
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primavera!, etc.». Nadie logrará hablar de sí mismo, de su vida, de lo que quiere o teme, de lo que le rodea,
sin referirse inmediatamente al tiempo. Sin indicaciones cronológicas de algún tipo resultamos ininteligibles e
inexpresables.
Por tanto se debería suponer que nada nos es tan conocido y familiar que el tiempo, del cual echamos
mano constantemente para hablar de nosotros mismos, de lo que hacemos y de lo que nos pasa. Sin embargo,
con el tiempo nos ocurre lo mismo que con el ordenador, el fax, el vídeo y tantos otros aparatos que tenemos
en casa: sabemos cómo utilizarlos y no podemos ya vivir sin ellos, pero si se nos pregunta por qué funcionan
y en qué consisten (qué son) no nos queda otro remedio que encogernos de hombros. Aunque a diferencia de
nuestra ignorancia electrodoméstica, el desconcierto sobre el tiempo viene de muy antiguo... ¡como no podía
ser menos! Quizá haya sido una mente tan preclara y tan sincera como la de san Agustín, allá por los
comienzos del siglo v de nuestra era, quien lo ha expresado de un modo que aún sigue resultando
estrictamente válido: «¿Qué es, pues, el tiempo? Sé bien lo que es, si no se me pregunta. Pero cuando quiero
explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Pero me atrevo a decir que sé con certeza que si nada pasara no
habría tiempo pasado. Y si nada existiera, no habría tiempo presente» (Confesiones, XI, 14).
Dice Agustín de Hipona: si me lo preguntan. Pero en éste como en tantos otros casos de la reflexión
filosófica hay que entender «si me lo pregunto», porque el diálogo con los otros no es más que la ocasión o la
provocación a dialogar con uno mismo, es decir a pensar. Dentro de cada uno están todas las voces y también
es cierto que pensamos entre todos (recuérdese lo que dijimos ya en el capítulo segundo). Pues bien: resulta
que sé lo que es el tiempo mientras no me lo preguntan ni me lo pregunto, o sea mientras no necesito
demostrar que lo sé. Luego empiezan las dificultades y el gran enigma.
¿Qué tiene de «enigmático» el tiempo? ¿Por qué resulta tan difícil de pensar? Porque para pensar
algo hay que fijarse en ello y fijarlo, pero el tiempo no se deja fijar, resulta inaprensible, no hay modo de
verlo «quieto»... ¡ni siquiera imaginariamente! Supongamos que intento fijarme en el tiempo según pasa,
deteniendo el momento transitorio tal como el Fausto de Goethe quiso ordenar un día a cierto instante:
«¡Detente!, ¡eres tan hermoso...!». Pero ¿en qué momento podré fijarme? Pues en este mismo: ¡ahora! Sin
embargo, ese «ahora» está ahora ya pasado, ya no es «ahora» sino «antes», «hace un rato». En una palabra, se
trata de un viejo «ahora», en el cual sin duda han nacido y han muerto miles de personas, se han hecho
caricias, se han tenido sueños, se han cruzado promesas, se han adquirido y olvidado conocimientos, etc. Fue,
pero ya no es: pasó. ¿En qué otro «ahora» podría fijarme? ¿En el que está a punto de llegar? Pero ése aún no
está y sería peregrino intentar atraparlo antes de que llegase. Cuando pretendo «fijar» el tiempo en su
«ahora», lo que consigo es conmemorar un «ahora» que ya no es o prevenir un «ahora» que aún no es.
Paradójicamente, el momento pasado que ya no está y el momento futuro que todavía no está parecen más
manejables que el instante presente, que se desvanece en cuanto se presenta o, mejor dicho, en cuanto intento
fijarme en él. Al presente lo vemos venir y lo vemos alejarse pero nunca lo vemos estar. Y ¿cómo podemos
determinar qué cosa «es» lo que nunca «está»?
Vamos a intentarlo de nuevo. El tiempo es un potro salvaje difícil de montar, porque en cuanto
queremos darnos cuenta nos descabalga y lo vemos alejarse haciendo corvetas. Pero no debemos dejarnos
engañar por la reducción a lo infinitesimal de la actualidad vivida. Según Zenón de Elea, el veloz Aquiles
nunca podrá alcanzar a la pausada tortuga, por poca ventaja que en la carrera conceda a ésta: si la distancia
que les separa es por ejemplo de veinte centímetros, Aquiles tendrá que tardar un brevísimo lapso en
recorrerlos; en ese tiempecito, la tortuga irá un poco más allá, estableciendo una nueva separación entre
ambos; también Aquiles la recorrerá con celeridad extrema, pero siempre invertirá en tan corto viaje alguna
fracción de tiempo, aprovechado por el obstinado quelonio para alejarse a rastras: tan cerca, tan lejos, el
bicharraco fugitivo permanece lentamente inasequible... Y sin embargo, maldita sea, sabemos que Aquiles
atrapa a la tortuga aunque no consigamos explicar convincentemente cómo se las arregla para cumplir tal
hazaña. De igual modo, sabemos también que vivimos el presente y que «ahora» es precisamente ahora, no
más pronto ni más tarde. Lo sabemos, desde luego: en cambio «pensarlo» ya resulta más complicado... como
reconocía el bueno de san Agustín.
Es sorprendente, según ya indicó muy bien Hegel, que aquello de lo que parece que podemos estar
más seguros, lo que tenemos más a mano, lo que desafía al escepticismo, lo que estamos tentados a
denominar como «concreto» -«ahora», «aquí», «esto»...- se vacía por completo de contenido cuando
intentamos someterlo al pensamiento. Estamos segurísimos de estar aquí, pero resulta que todos los «aquí» se
parecen tanto que en seguida necesitan alguna precisión más. A la pregunta «¿dónde?» no basta con
responder «aquí», pues tal respuesta es un índice subjetivo y -como ya indicamos en el capítulo segundo- la
tarea racional consiste en intentar combinar el punto de vista meramente subjetivo con el objetivo. Por tanto,
tendré que intentar responder algo más: «Estoy aquí, en mi cuarto, en tal calle de tal ciudad, en tal país, en
tales coordenadas, etc.». Según vaya ganando contenido, la ampliación de mi «aquí» irá perdiendo
certidumbre: quizá me equivoco de calle o de provincia, de latitud o de longitud, pero nunca puedo