LAS PREGUNTAS DE LA VIDA 4.1.1.2 LAS PREGUNTAS DE LA VIDA. Fernando Savate | Page 73
Las preguntas de la vida
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descarta los apremios mortíferos de la necesidad. Según Schiller, en ese ámbito del juego es donde se mueve
el artista: juega con la belleza de lo real y convierte en realidad primordial la belleza misma en cuanto tesoro
que va descubriendo y a la vez fraguando nuestra libertad. El juego del arte nos convierte en dueños de un
mundo propio y así nos hace manifiesto un destino social pero también personal más allá de las coacciones
naturales o legales, en el que tendremos que decidir sin culpas ni disculpas lo que queremos llegar a ser.
En varias ocasiones nos hemos referido anteriormente a los artistas, sobre todo a los más grandes,
llamándoles creadores. Es un término que no suele aplicarse a los científicos o a los deportistas, por notables
que sean. ¿Por qué esta diferencia de trato? ¿En qué sentido decimos que un artista es «creador»? Desde
luego no parece que sea «creador» tal como se supone que lo es Dios, porque ni el mayor de los artistas puede
sacar su obra de la nada. Siempre utilizan materiales previos (pinturas, mármol, una lengua, las notas
musicales...), y se apoyan más o menos en lo que hicieron sus antecesores, aunque sea para rechazarlo y
buscar nuevos caminos. Pero un poco «divinos» sí que son, porque su obra no se explica sin ellos -sin su
vocación y personalidad-, o sea que si cada uno de ellos no hubiera existido lo que han hecho nunca hubiese
llegado a ser. Me explico: si Colón no hubiese llegado en 1492 al continente americano, antes o después otro
hubiera hecho este viaje desde Europa tal como los vikingos los realizaron en épocas más remotas; si
Alexander Fleming no hubiera descubierto la penicilina, antes o después otro sabio habría descubierto las
propiedades curativas del hongo milagroso; y el récord de los cien metros lisos ha sido ya batido muchas
veces y sin duda volverá antes o después a serlo. El descubridor, el científico y el campeón deportivo son los
primeros en llegar hasta dónde aún no se había alcanzado... pero en terrenos ya existentes que se ofrecen
previamente a la curiosidad y habilidad de cualquiera. En cambio, si Mozart o Cervantes hubieran muerto en
la cuna nadie habría compuesto La flauta mágica ni contado la historia de Don Quijote. No nos habrían
faltado música o novelas, pero no esa música o esa novela. Podemos imaginar el teléfono sin Graham Bell o
la teoría de la relatividad sin Einstein, pero no Las meninas sin Velázquez. Decimos que es «creador» quien
fabrica algo que sin él nunca hubiera llegado a ser, el que trae algo al mundo -grande o pequeño- que sin él
nunca podría haber existido precisamente de ese modo y no de otro más o menos parecido. Las obras de arte
no son posibilidades o cualidades realizadas de lo que previamente ya hay, sino que brotan de la personalidad
misma de los artistas que las llevan a cabo. Se les parecen, reflejan tanto la forma de ser de quien las hace
como la realidad del mundo de las que pasan a formar parte. El artista no es el primero en descubrir o lograr
algo, sino el único que podía «crearlo» a su insustituible modo y manera...
Pero ¿tiene que ser siempre «bella» en el sentido de «bonita», es decir, lo contrario de «fea», la obra
realizada por el artista? ¿Tiene que fundarse explícitamente en la armonía y equilibrio entre las partes, en la
perfección del conjunto, o puede acoger también lo disonante e incluso lo deforme? La santísima trinidad
platónica está formada por el Bien, la Verdad y la Belleza y pertenece a un orden ideal más allá de este
mundo; pero la tríada infernal que parece en cambio presidir nuestros conflictos terrenales está constituida
por el Mal, lo Falso y lo Feo. ¿Es obligación del artista aspirar sólo a mostrarse devoto de la primera trinidad
o también incluye su tarea darse cuenta y darnos cuenta de la segunda? Tomemos por ejemplo el caso de
Giorgione, uno de los pintores más excelsos del Renacimiento italiano. En muchas ocasiones reprodujo la
hermosura de figuras humanas agraciadas y sin embargo también pintó el retrato implacablemente fiel de una
vieja desdentada y decrépita que debía haber sido guapa en su mocedad, porque el cuadro se titula Col tempo
(«Con el tiempo»). No es cuadro que represente la belleza sino lo que el tiempo suele hacer con la belleza. Y
la anciana así representada no es «bella» bajo ningún punto de vista, ni tampoco tiene nada de bonito o
armonioso el destructivo paso de los años que la ha reducido a tan triste estado físico. ¿Traicionó entonces
Giorgione su compromiso artístico con la «belleza» pintando algo que nos produce casi repulsión y que puede
suscitar negros temores si reflexionamos sobre ello? Sin embargo me atrevería a decir que el cuadro es
artísticamente «hermoso», incluso infinitamente más bello que tantas reproducciones tópicas de paisajes
almibarados o de alguna Miss Universo en la flor de su edad. ¿Por qué?
Porque quizá lo que en arte puede ser llamado «belleza» -si es que admitimos que lo que pretende el
arte es producir belleza a toda costa- tiene poco que ver en muchas ocasiones con el sentimiento de agrado o
con la placidez de lo decorativo. El poeta Rainer María Rilke opinaba que la belleza «es aquel grado de lo
terrible que aún podemos soportar». La atracción del arte no nos llega siempre como una suave caricia sino a
menudo como un zarpazo. Alain, un pensador contemporáneo que escribió mucho sobre el proceso artístico,
señala que «lo bello no gusta ni disgusta sino que nos detiene». El primordial efecto estético es fijar la
atención distraída que resbala sobre la superficie de las cosas, las formas, los sentimientos o los sonidos s