LAS PREGUNTAS DE LA VIDA 4.1.1.2 LAS PREGUNTAS DE LA VIDA. Fernando Savate | Page 69
Las preguntas de la vida
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cuando dice que lo bello complace «universalmente» no es a que «de hecho» todos coincidamos en
considerar «bellas» a las mismas cosas sino a que sólo llamamos «bello» a lo que consideramos que tiene
derecho y mérito suficiente en sí mismo para ser considerado así por todo el mundo, mientras que no
exigimos tanto al proclamar otro tipo de gustos: sería de una ridícula falsa modestia dar a entender que algo
es «bello» sólo para mí, mientras que sería admisible -¡aunque profundamente erróneo!- considerar como un
rasgo original y personalísimo de mi carácter mi afición a la paella.
No menos interesante es la afirmación kantiana de que lo bello «no tiene concepto». Según el uso que
Kant hace del término, el concepto es lo que nos permite identificar inequívocamente algo y además brinda
una regla práctica para construirlo o juzgarlo. Pero aunque podemos identificar conceptualmente que tal cosa
es un amanecer y tal otra una catedral, carecemos de una regla o modelo determinante que establezca
necesariamente cuándo el uno y la otra merecen el atributo de «hermosura». Sólo la pedantería o el
academicismo estéril creen que pueden dictarse unas normas según las cuales resultarán bellas
obligatoriamente unas cosas y otras no. Incluso Kant va más allá y distingue entre la belleza propiamente
«libre» o «vaga» y la belleza «adherente» (aunque ya nos ha dicho que el contento producido por todo tipo de
belleza es desinteresado y libre). La «adherente» es la belleza de aquellas cosas cuyo objetivo conocemos o
cuya perfección funcional podemos más o menos definir: por muy «desinteresado» que sea nuestro aprecio
estético de un palacio o un caballo de carreras nunca puede desligarse del todo de que sabemos «para qué sir-
ven». Lo mismo ocurre con las obras de arte basadas en la representación fiel de lo real o en finos análisis
morales y psicológicos, cuya hermosura siempre está también ligada a la interpretación precisa de lo que
existe o debería existir. En cambio, la belleza «vaga» es la que corresponde a las flores, las conchas que
encontramos en la playa, el juego de las sombras una tarde de verano, los intrincados jeroglíficos
ornamentales del arte islámico, el dibujo de una tapicería o algo que Kant no pudo conocer porque apareció
en el mundo más de un siglo después de su muerte: la pintura abstracta (Mon-drian, Jackson Pollock... son
ejemplos que el viejo filósofo hubiera quizá considerado con atónito aprecio). Según la Crítica del juicio.,
todos esos tipos de belleza «sin sentido» ni «concepto» son los que con mayor pureza y nitidez suscitan el
placer más indudablemente «estético»... ¡aunque Kant no solía emplear esta palabra en su uso actual!
Pero ¿podemos realmente separar por completo la belleza de otros valores humanos, utilitarios o
morales? En su origen, como siempre suele suceder con términos encomiásticos, estas formas de aprecio
debían estar mucho más mezcladas que hoy, si la etimología no nos engaña. La palabra que nos resulta
inmediatamente más familiar -«bello», del latín bellus- parece ser un diminutivo de «bueno» -bonus, bonulus-
como también ocurre obviamente con el término «bonito»: algo bastante bueno, superior a la media, aunque
no excelente, sino más bien «gracioso». También el griego kalos, para el que Platón en su diálogo Cratilo
busca o imagina una etimología que significa «atrayente», está ligado semánticamente a la voz «bueno» -
agathos- y forma a veces compuestos muy comunes como kalokagathos, calificación habitual del hombre
ejemplar, el perfectamente logrado en lo físico y lo cívico. Señalemos de paso que en griego moderno kalos
significa hoy propiamente bueno. También en chino el ideograma para «bello» -miei, que representa un gran
cordero- está directamente vinculado con el ideograma para «bueno» o «bien» (shan, que si no estoy mal
informado representa la madre con el niño en brazos). En cuanto a «hermoso», viene del latín formosus, es
decir aquello que conserva adecuadamente su «forma» de manera armónica y de acuerdo con la debida
proporción entre sus partes. Señala Remo Bodei, de quien tomo estos datos etimológicos, que el aprecio por
la idea de «forma» proviene en primer término quizá del contraste con el horror provocado por el deshacerse
de los organismos roídos por el tiempo y por la muerte 34 : amamos lo bien formado porque amamos antes lo
que está bien vivo.
Resumiendo: parece indudable que originariamente la idea de lo bello (aún no de la Belleza misma),
planteada de modo más intuitivo que reflexivo, estuvo ligada a la noción de lo bueno (aún no del Bien), es
decir lo mejor para la vida. Tanto lo bello como lo bueno y por supuesto lo agradable, las categorías que Kant
distingue y -hasta cierto punto- separa, derivan probablemente de un núcleo común centrado en un mismo
objetivo: hacer la vida humana mejor, es decir más cooperativa y solidaria, más rica en experiencias, más
llena de imaginación, más confortable y exquisita, en una palabra, menos sumisa a la oscuridad devoradora e
insensible de la muerte. Resumen de resúmenes: lo bello comparte con lo bueno y lo delicioso la tarea de
lograr que haya más vida y menos muerte... para los mortales. Uno de los filósofos contemporáneos que más
y mejor han insistido sobre esta perspectiva es Jorge Santayana (un pensador de origen español y existencia
dichosamente vagabunda que escribió toda su obra en inglés).
34
Le forme del bello, de R. Bodei, Bolonia, II Mulino.