LAS PREGUNTAS DE LA VIDA 4.1.1.2 LAS PREGUNTAS DE LA VIDA. Fernando Savate | Page 65
Las preguntas de la vida
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El gran problema es que -a diferencia de lo que sucede en las utopías- en las sociedades existentes no
todos los ideales resultan plenamente compatibles. Por ejemplo, las libertades públicas son sumamente
deseables pero a veces chocan con la seguridad ciudadana, que también es un principio digno de
consideración. En muchos casos se dan conflictos semejantes y aún peores: es importante defender los
derechos humanos de las mujeres en aquellas sociedades -como la impuesta por los talibanes en Afganistán-
que no los respetan pero también merece respeto el derecho de cada comunidad humana a desarrollar sus
propias interpretaciones valorativas sin injerencias violentas de otras naciones, la libertad de comercio y
empresa es un principio muy respetable pero entre sus consecuencias indeseables parece estar la miseria
creciente de gran parte de la humanidad, etc. A comienzos de nuestro siglo, Max Weber habló de las «batallas
entre dioses» que representan estos choques en la realidad histórica de ideales contrapuestos. Son como
licores fuertes y puros que no pueden ser tomados sin mezcla. Quizá el arte político por excelencia sea acertar
en la dosificación del cóctel que los integre todos sin dejar de ser socialmente «digerible»...
Desde Platón, la virtud que mejor expresa esa concordia social a partir de elementos discordantes de
la que venimos hablando se llama justicia. Estamos demasiado acostumbrados, a mi juicio, a enfocarla de
modo meramente distributivo (darle a cada cual lo suyo, a cada cual según sus merecimientos o sus
necesidades) o retributivo (castigar a los malos y premiar a los buenos). Pero hay definiciones más amplias y
que me parecen preferibles. La que más me gusta es de un pensador anarquista del siglo XIX, Pierre-Joseph
Proudhon, y dice así: «La justicia... es el respeto, espontáneamente experimentado y recíprocamente
garantizado, de la dignidad humana, en cualquier persona y en cualquier circunstancia en que se encuentre
comprometida, y a cualquier riesgo que nos exponga su defensa» (De la justicia en la revolución y en la
Iglesia). El concepto de dignidad humana en su forma contemporánea (aunque en el capítulo tercero ya
hemos visto que lo empleaba también el renacentista Pico della Mirandola) empieza a generalizarse a partir
del siglo XVIII, cuando entra en crisis revolucionaria el sistema de honores propio de la aristocracia -
reservado a una minoría- para dar paso a la exigencia de cada cual del reconocimiento de su calidad como
hombre y como ciudadano. Entonces aparece el concepto político de «derechos humanos», que se incorporan
a las constituciones democráticas y que se han ido fortificando teóricamente -aunque no siempre, ay,
cumpliendo en la práctica- durante los últimos doscientos años. Implican una verdadera subversión de las
sociedades tradicionales, tanto en su origen (en América aparecieron tras una guerra de independencia y en
Europa se impusieron tras una revolución que decapitó reyes) como ahora mismo cuando se los intenta
defender de veras. Los derechos humanos o derechos fundamentales son algo así como una declaración más
detallada de lo que implica esa «dignidad» que es justo que los hombres se reconozcan los unos a los otros.
¿Qué implica la dignidad humana? En primer lugar, la inviolabilidad de cada persona, el
reconocimiento de que no puede ser utilizada o sacrificada por los demás como un mero instrumento para la
realización de fines generales. Por eso no hay derechos «humanos» colectivos, por lo mismo que no hay seres
«humanos» colectivos: la persona humana no puede darse fuera de la sociedad pero no se agota en el servicio
a ella. De aquí la segunda característica de su dignidad, el reconocimiento de la autonomía de cada cual para
trazar sus propios planes de vida y sus propios haremos de excelencia, sin otro límite que el derecho
semejante de los otros a la misma autonomía. En tercer lugar, el reconocimiento de que cada cual debe ser
tratado socialmente de acuerdo con su conducta, mérito o demérito personales, y no según aquellos factores
aleatorios que no son esenciales a su humanidad: raza, etnia, sexo, clase social, etc. En cuarto y último lugar,
la exigencia de solidaridad con la desgracia y sufrimiento de los otros, el mantener viva y activa la
complicidad con los demás. La sociedad de los derechos humanos debe ser la institución en la que nadie
resulta abandonado.
Estos factores de la dignidad humana individual han tropezado modernamente con presunciones
supuestamente «científicas» que tienden a «cosificar» a las personas, negando su libertad y responsabilidad y
reduciéndoles a meros «efectos» de circunstancias genéricas. El racismo es el ejemplo más destacado de tal
negación de la dignidad humana, pero en la actualidad va siendo sustituido por otro tipo de determinismo
étnico o cultural, según el cual cada uno se debe exclusivamente a la configuración inevitable que recibe de
su comunidad. Se supone así que las culturas son realidades cerradas sobre sí mismas, insolubles las unas
para las otras e incomparables, cada una de las cuales es portadora de un modo completo de pensar y de
existir que no debe ser «contaminado» por las demás ni alterado por las de