La Valla. 100 artistas en la frontera sur. Octubre 2014 | Page 85
M
e miró a los ojos a través del cristal, y un ligero sollozo recorrió su rostro, por
un momento libre, sin que nada lo detuviese. Apenas tendría veinte años y
sus brazos todavía seguían extendidos al aire, mostrando las heridas que
luchaban por cicatrizar, para que mi cámara pudiera captar lo que no habían dicho
las palabras.
Era una tarde en la que el sonido del viento penetraba en nuestros corazones y el
frio era cada vez más intenso.
Bajé la cámara para que mis ojos y mis lágrimas se quedasen unidas a ese
momento de impotencia y de rabia, en el objetivo de su mirada.
El hombre negro se esforzó en sonreír, quizás, en un intento generoso de calmar
mi pena, pero en su lugar dejó que una mueca deformase su labio superior, y un
ligero temblor se apoderara de su cara.
Después, los cientos de hombres negros que poblaban el monte Gurugú, me
rodearon de nuevo y me observaron en medio del silencio, sorprendidos tal vez por
descubrir, que el color de las lágrimas de una mujer blanca, en un día de invierno,
era del mismo color que las suyas.
Amparo Climent
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