LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Página 199
la cabaña de un primo en Puerto Plata y acampaban allí por
un período nunca inferior a tres semanas. Las dos hijas de
Abelard, Jacquelyn y Astrid, nadaban y jugaban con las olas
(sufriendo muchas veces del Desorden de la Degradación del
Pigmento del Mulato, también conocido como bronceado)
bajo la mirada vigilante de su mamá que, incapaz de
arriesgarse
a
una
oscuridad
adicional,
permanecía
encadenada a la sombra de su sombrilla, mientras su padre,
cuando no estaba escuchando las noticias de la Guerra,
vagaba por la costa, su rostro en tensa concentración.
Caminaba descalzo, solo con la camisa blanca y el chaleco,
los pantalones remangados, el se-miafro una paternal
antorcha y algo rellenito en la madurez. A veces el fragmento
de una concha de mar o de un cangrejo bayoneta le llamaba
la atención y Abelard se ponía a cuatro patas y lo examinaba
con un lente de joyero, de modo que, para deleite de sus dos
hijas y consternación de su esposa, parecía un perro oliendo
un mojón.
Todavía hay en el Cibao quienes recuerdan a Abelard y
todos les dirán que, además de ser un médico brillante,
poseía una de las mentes más notables del país: era
infatigablemente curioso, alarmantemente prodigioso y
estaba especialmente dotado para la complejidad lingüística
y computacional. El viejo era bien leído en español, inglés,
francés, latín y griego; coleccionaba libros raros, abogaba por
abstracciones extrañas, colaboraba con el Diario de Medicina
Tropical y era etnógrafo aficionado a la manera de Fernando
Ortiz. En resumen, Abelard era un Cerebro —no enteramente
inusual en México, donde había estudiado, pero una especie
extremadamente rara en la Isla del General Supremo Rafael
Leónidas Trujillo Molina. Animó a sus hijas a leer y las
preparó para que lo siguieran en la profesión (hablaban
francés y leían latín antes de los nueve años). Tenía un
interés tal en la educación que cualquier conocimiento
nuevo, por arcano o trivial que fuera, lo llevaba a la luna. La
sala de su casa, con el empapelado de tan buen gusto que
había escogido la segunda esposa de su papá, era el lugar
más frecuentado, el número uno, de los todólogos locales.