LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Seite 156
Pobre Beli. Casi hasta los últimos momentos, medio que
creyó que El Gángster iba a aparecer y salvarla. Lo siento, mi
negrita, lo siento tanto. Jamás te debí haber dejado ir. (Todavía
le encantaban los sueños de rescate.) Lo había buscado por
todas partes: camino al aeropuerto, en las caras de los funcio-
narios que controlaban los pasaportes, hasta cuando subía en el
avión, y al final, en un momento irracional, pensó que saldría
de la cabina del piloto, en uniforme de capitán limpio y
planchado... Te sorprendí, ¿verdad? Pero El Gángster jamás
volvería a aparecer en persona, solo en sus sueños. En el avión
había otros de la Primera Oleada. Muchas aguas que esperan
ser río. Aquí está ella, más cerca de ser la madre que necesita-
mos que sea si Óscar y Lola han de nacer.
Tiene dieciséis años y su piel es la oscuridad antes del ano-
checer, el ciruelo de la última luz del día, sus pechos como
puestas de sol atrapadas bajo su piel, pero a pesar de toda su
juventud y belleza, tiene una amarga expresión de desconfian-
za que solo se disuelve bajo el peso de un inmenso placer. Sus
sueños son sobrios, carecen del impulso de una misión, su am-
bición no tiene fuerza. ¿Su esperanza más fiera? Encontrar un
hombre. Lo que todavía no conoce: el frío, la monotonía ago-
tadora de las factorías, la soledad de la Diáspora, nunca volver
a vivir en Santo Domingo, su propio corazón. Lo demás que no
conoce: que el hombre de al lado terminará siendo su esposo y
el padre de sus dos hijos, que después de dos años juntos la
dejará, su tercer y último desengaño, y que nunca volverá a
amar.
Se despertó en el momento en que, en su sueño, unos cie-
gos subían a una guagua pidiendo dinero; era un sueño de sus
Días Perdidos. El guapo en el asiento de al lado le tocó el codo.
Señorita, no se lo pierda.
Ya lo he visto, dijo, incómoda. Y luego, calmándose, miró
por la ventanilla.
Era noche y las luces de Nueva York lo llenaban todo.