LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 146

¿Y el hijo muerto? El mundo tiene suficientes tragedias como para que no sea necesario recurrir a las maldiciones en busca de explicación. Conclusión que La Inca no habría discutido. Hasta el día de su muerte, creyó que Beli no se había encontrado con una maldición, sino con Dios, en aquel cañaveral. Vi algo, diría Beli con cautela. OTRA VEZ ENTRE LOS VIVOS Estuvo en situación crítica, les digo, hasta el quinto día. Y cuando al fin volvió en sí lo hizo gritando. Sentía que le habían cortado el brazo por el codo con una rueda de molino, que le habían coronado la cabeza con un aro ardiente de hojalata, que el pulmón no era más que el cadáver de una piñata rota —¡Jesucristo! Comenzó a llorar casi de inmediato, pero lo que nuestra muchacha no sabía era que durante casi media semana la habían atendido en secreto dos de los mejores médicos de Baní, amigos de La Inca y antitrujillistas hasta la médula. Le fijaron y enyesaron el brazo, cosieron y cerraron los espantosos tajos en su cuero cabelludo (sesenta puntos en total, empaparon sus heridas con mercurocromo suficiente como para desinfectar un ejército, le inyectaron morfina y contra el tétanos). Muchas noches de preocupación en vela, pero lo peor, parecía, había pasado. Esos médicos, con la ayuda espiritual del grupo de Biblia de La Inca, habían realizado un milagro, y todo lo que faltaba era que sanase. (Qué bueno que sea tan fuerte, dijeron los médicos, mientras empaquetaban sus estetoscopios. La Mano de Dios está con ella, las líderes del rezo confirmaron, guardando sus Biblias.) Pero bendita no era como nuestra muchacha se sentía. Después de un par de minutos de llanto histérico, de ajustarse al hecho de la cama, al hecho de su vida, pronunció muy bajito el nombre de La Inca.