LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Page 54

justicia al nombre y vetusto título de librería, existe apenas una pequeña papelería que se encarga de encomendar a los editores de la ciudad los libros de estudio necesarios, y muy de tarde en tarde, alguna obra literaria de la que se haya hablado con insistencia en la radio y en la televisión y cuyo contenido, estilo e intenciones correspondan satisfactoriamente a los intereses medios de los habitantes. Marcial Gacho no es persona de frecuentes y concienzudas lecturas, en todo caso, cuando aparece en la alfarería con un libro de regalo para Marta, hay que reconocer que consigue notar la diferencia entre lo que es bueno y lo que no pasa de mediocre, aunque sea cierto que sobre estos escurridizos conceptos de bueno y mediocre nunca nos han de faltar motivos sobre los que discurrir y discrepar. La enciclopedia que padre e hija acaban de abrir sobre la mesa de la cocina fue considerada la mejor en la época de su publicación, pero hoy sólo puede servir para indagar en saberes en desuso o que, por aquel entonces, estaban todavía articulando sus primeras y dudosas sílabas. Colocadas en fila, una tras otra, las enciclopedias de hoy, de ayer y de anteayer representan imágenes sucesivas de mundos paralizados, gestos interrumpidos en su movimiento, palabras a la búsqueda de su último o penúltimo sentido. Las enciclopedias son como cicloramas inmutables, máquinas de proyectar prodigiosas cuyos carretes se quedaron bloqueados y exhiben con una especie de maníaca fijeza un paisaje que, condenado de esta forma a ser, para siempre jamás, aquello que fue, se irá volviendo al mismo tiempo más viejo, más caduco y más innecesario. La enciclopedia comprada por el padre de Cipriano Algor es tan magnífica e inútil como un verso que no conseguimos recordar. No seamos, sin embargo, soberbios y desagradecidos, traigamos a la memoria la sensata recomendación de nuestros mayores cuando nos aconsejaban guardar lo que no era necesario porque, más pronto o más tarde, encontraríamos ahí lo que, sin saberlo entonces, nos acabaría haciendo falta. Asomados sobre las viejas y amarillentas páginas, respirando el olor húmedo durante años recluido, sin el toque del aire ni el aliento de la luz, en la espesura blanda del papel, padre e hija aprovechan hoy la lección, buscan lo que necesitan en aquello que consideraban que nunca más serviría. Ya encontraron en el camino un académico con bicornio de plumas, espadín y chorreras en la camisa, ya encontraron un payaso y un equilibrista, ya encontraron un esqueleto con guadaña y siguieron adelante, ya encontraron una amazona a caballo y un almirante sin barco, ya encontraron un torero y un hombre de jubón, ya encontraron un púgil y su adversario, ya encontraron un carabinero y un cardenal, ya encontraron un cazador con su perro, ya encontraron un marinero 54