LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Page 239
trataba, Probablemente es una obra para retener las tierras, y siguió
bajando. Tenía la impresión de que había andado mucho, tal vez unos
treinta o cuarenta metros. Miró atrás, hacia la boca de la gruta.
Recortada contra la luz de los focos, parecía realmente distante, No
anduve tanto, pensó, lo que pasa es que estoy desorientándome.
Percibía que el pánico comenzaba, insidiosamente, a rasparle los
nervios, tan valiente que se imaginara, tan superior a Marcial, y ahora
estaba casi a punto de volverse de espaldas y correr a trompicones
pendiente arriba. Se apoyó en la roca, respiró hondo, Aunque tenga
que morir aquí, dijo, y recomenzó a andar. De repente, como si
hubiese girado sobre sí misma en ángulo recto, la pared se presentó
ante él. Había alcanzado el final de la gruta. Bajó el foco de la linterna
para cerciorarse de la firmeza del suelo, dio dos pasos e iba a la mitad
del tercero cuando la rodilla derecha chocó con algo duro que le hizo
soltar un gemido. Con el choque la luz osciló, ante sus ojos surgió,
durante un instante, lo que parecía un banco de piedra, y luego, en el
instante siguiente, alineados, unos bultos mal definidos aparecieron y
desaparecieron. Un violento temblor sacudió los miembros de Cipriano
Algor, su coraje flaqueó como una cuerda a la que se le estuvieran
rompiendo los últimos hilos, pero en su interior oyó un grito que lo
obligaba, Recuerda, aunque tengas que morir. La luz trémula de la
linterna barrió despacio la piedra blanca, tocó levemente unos paños
oscuros, subió, y era un cuerpo humano sentado lo que allí estaba. A
su lado, cubiertos con los mismos paños oscuros, otros cinco cuerpos
igualmente sentados, erectos todos como si un espigón de hierro les
hubiese entrado por el cráneo y los mantuviese atornillados a la
piedra. La pared lisa del fondo de la gruta estaba a diez palmos de las
órbitas hundidas, donde los globos oculares habrían sido reducidos a
un grano de polvo. Qué es esto, murmuró Cipriano Algor, qué pesadilla
es ésta, quiénes eran estas personas. Se aproximó más, pasó
lentamente el foco de la linterna sobre las cabezas oscuras y resecas,
éste es hombre, ésta es mujer, otro hombre, otra mujer, y otro más, y
otra mujer, tres hombres y tres mujeres, vio restos de ataduras que
parecían haber servido para inmovilizarles los cuellos, después bajó el
foco de la linterna, ataduras iguales les prendían las piernas. Entonces,
despacio, muy despacio, como una luz que no tuviera prisa en
aparecer, aunque llegaba para mostrar la verdad de las cosas hasta en
sus más oscuros y recónditos escondrijos, Cipriano Algor se vio
entrando otra vez en el horno de la alfarería, vio el banco de piedra
que los albañiles dejaron abandonado y se sentó en él, y otra vez
escuchó la voz de Marcial, ahora con palabras diferentes, llaman y
vuelven a llamar, inquietas, desde lejos, Padre, me oye, respóndame,
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