LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Página 188
pronunciar palabra y salió. Llamó al perro, Anda, vamos a dar una
vuelta, dijo. Bajó con él la cuesta, al llegar a la carretera giró hacia la
izquierda, en dirección opuesta al pueblo, y se adentró en el campo.
Encontrado no se apartaba de los tobillos del dueño, debía de estar
recordando sus tiempos de infeliz vagabundeo cuando lo expulsaban
violentamente de los huertos y hasta un trago de agua le negaban.
Aunque no tenga nada de miedoso, aunque no le asusten las sombras
de la noche, preferiría estar ahora tumbado en la caseta, o, mejor
todavía, enroscado en la cocina, a los pies de uno de ellos, no dice uno
de ellos por indiferencia, como si le diese igual, porque a los otros dos
también los mantendría al alcance de la vista y del olfato, y porque
podría mudar de sitio cuando le apeteciese sin que la armonía y la
felicidad del momento sufriesen con el cambio. No fue muy largo el
paseo. La piedra en que Cipriano Algor acaba de sentarse va a hacer
las veces de banco de las meditaciones, para eso salió de casa, si se
hubiese acogido al auténtico la hija lo vería desde la puerta de la
cocina y no tardaría en acercarse preguntándole si estaba bien, son
cuidados que evidentemente se agradecen, pero la naturaleza humana
está hecha de tan extraña manera que hasta los más sinceros y
espontáneos movimientos del corazón pueden ser inoportunos en
ciertas circunstancias. De lo que Cipriano Algor pensó no merece la
pena hablar porque ya lo había pensado en otras ocasiones y de ese
pensar se dejó información más que suficiente. Y lo nuevo aquí
aconteció fue que él dejó resbalar por la cara unas cuantas costosas
lágrimas, hace mucho tiempo que andaban ahí represadas, siempre a
punto de derramarse, finalmente estaban prometidas para esta hora
triste, para esta noche sin luna, para esta soledad que no se resigna.
No tuvo novedad alguna, porque ya había sucedido otra vez en la
historia de las fábulas y de los prodigios de la gente canina, que se
acercara Encontrado a Cipriano Algor para lamerle las lágrimas, gesto
de consolación suprema que, en todo caso, por muy conmovedor que
nos parezca, capaz incluso de tocar los corazones menos propensos a
manifestaciones de sensibilidad, no nos debería hacer olvidar la cruda
realidad de que el sabor a sal que en ellas está tan presente es
apreciado en grado sumo por la generalidad de los perros. Una cosa,
sin embargo, no quita la otra, si preguntamos a Encontrado si es la sal
la causa de que lamiera la cara de Cipriano Algor, probablemente nos
respondería que no merecemos el pan que comemos, que somos
incapaces de ver más allá de la punta de nuestra nariz. Así se
quedaron más de dos horas el perro y su dueño, cada cual con sus
pensamientos, ya sin lágrimas que uno llorase y otro secase, quién
sabe si a la espera de que la rotación del mundo volviera a poner todas
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