LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Page 178

decimos nosotros mismos, Uno se habitúa, lo dicen, o lo decimos, con una serenidad que parece auténtica, porque realmente no existe, o todavía no se ha descubierto, otro modo de expresar con la dignidad posible nuestras resignaciones, lo que nadie pregunta es a costa de qué se habitúa uno. Marta salió de la tienda casi deshecha en lágrimas. Con una especie de remordimiento desesperado, como si estuviese acusándose de haber engañado a Isaura, pensaba, Pero ella no sabe nada, ni siquiera sabe que estamos a punto de irnos de aquí. Dos veces se olvidaron de dar de comer al perro. Recordando sus tiempos de indigencia, cuando la esperanza en el día de mañana era el único condumio que tenía para las muchas horas en que el estómago ansiaba alimento, Encontrado no reclamó, se desinteresó de sus obligaciones de vigilante, se echó al lado de la caseta, es de la sabiduría antigua que cuerpo tumbado aguanta mucha hambre, a la espera, paciente, de que uno de los dueños se diese una palmada en la cabeza y exclamase, Diablos, nos olvidamos del perro. No es caso de extrañar, estos días hasta de ellos mismos se han olvidado. Pero gracias a esa total entrega a las respectivas tareas, robando horas al sueño, aunque Cipriano Algor nunca hubiese dejado de protestar a Marta, Tienes que descansar, tienes que descansar, gracias a ese esfuerzo paralelo los trescientos muñecos que salieron del horno estaban lijados, cepillados, pintados y secos, todos ellos, cuando llegó el día en que Cipriano Algor iría a buscar al yerno al Centro, y los otros trescientos, secos y aplomados en su barro crudo, sin defectos visibles, estaban, también ellos, con ayuda del calor y de la brisa, libres de humedad y preparados para la cochura. La alfarería parecía descansar de una gran fatiga, el silencio se había echado a dormir. A la sombra del moral, padre e hija miraban los seiscientos muñecos alineados en las tablas y les parecía que habían producido obra aseada. Cipriano Algor dijo, Mañana no trabajo en la alfarería, Marcial no tendrá que verse solo con la faena toda del horno, y Marta dijo, Creo que deberíamos descansar algunos días antes de lanzarnos a la segunda parte del pedido, y Cipriano Algor preguntó, Qué tal tres días, y Marta respondió, Será mejor que nada, y Cipriano Algor volvió a preguntar, Cómo te sientes, y Marta respondió, Cansada, pero bien, y Cipriano Algor dijo, Pues yo me siento como nunca, y Marta dijo, Será a esto a lo que solemos llamar satisfacción del deber cumplido. Al contrario de lo que podría haber parecido, no había ninguna ironía en estas palabras, lo que en ellas rezumaba era tan sólo un cansancio al que apetecería llamar infinito si no fuera de tal manera manifiesta y desproporcionada la exageración del calificativo. Al fin y al cabo no era tanto del cuerpo de lo que ella se sentía cansada, mas de asistir 178