LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Page 176

Cipriano Algor le pidió un abrazo al yerno, ahora es Marta quien pide un beso al padre, algo está sucediendo en esta familia, sólo falta que comiencen a aparecer en el cielo cometas, auroras boreales y brujas galopando en escobas, que Encontrado aúlle toda la noche a la luna, incluso no habiendo luna, que de un momento a otro el moral se vuelva estéril. Salvo que todo esto no sea más que un efecto de sensibilidades excesivamente impresionables, la de Marta porque está embarazada, la de Marcial porque está embarazada Marta, la de Cipriano Algor por todas las razones que conocemos y algunas que sólo él sabe. En fin, el padre besó a la hija, la hija besó al padre, a Encontrado le concedieron un poco de las atenciones que pedía, no se podrá quejar. Como se suele decir, aquí no ha pasado nada. Entró Cipriano Algor en la alfarería para comenzar el modelado de los trescientos muñecos de la segunda entrega, y Marta, bajo la sombra del moral, ante la mirada concienzuda de Encontrado, que ha regresado a sus responsabilidades de guardián, se prepara para acometer la pintura de los esquimales. No podía, se había olvidado de que primero era necesario lijar los muñecos, desbastarles la rebaba, las irregularidades de superficie, los defectos de acabado, después limpiarlos de polvo, y, como una desgracia nunca viene sola y un olvido en general recuerda otro, tampoco los podría pintar como pensaba, pasando de un color a otro, sucesivamente, sin interrupción, hasta la última pincelada. Se le vino a la cabeza la página del manual, ésa donde se explica con claridad que sólo cuando un color estuviere bien seco se podría aplicar el siguiente, Ahora, sí, me vendría bien una cadena de montaje en serio, dijo, los muñecos pasando ante mí de uno en uno para recibir el azul, otra vez para el amarillo, luego para el violeta, luego para el negro, y el rojo, y el verde, y el blanco, y la bendición final, esa que trae dentro todos los colores del arco iris, Que Dios te ponga la virtud, que yo, por mi parte, ya hice lo que pude, y no será tanto la virtud adicional de Dios, sujeto como cualquier común mortal a olvidos e imprevistos, la que contribuya a la coronación de los esfuerzos, sino la conciencia humilde de que si no conseguimos hacerlo mejor es simplemente porque de tal no somos capaces. Argumentar con lo que tiene que ser es siempre una pérdida de tiempo, para lo que tiene que ser los argumentos no pasan de conjuntos más o menos casuales de palabras que esperan recibir de la ordenación sintáctica un sentido que ellas mismas no están seguras de poseer. Marta dejó a Encontrado mirando por los muñecos y, sin más debates con lo inevitable, fue a la cocina a buscar la única hoja de lija fina que sabía que había en casa, Esto se gasta en un instante, pensó, tendré que comprar unas cuantas más. Si hubiese atisbado por la puerta de la 176