LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Seite 165
más osada que él, como si le preguntase Qué respuesta tienes tú
ahora para contraponer a esta genial jugada mía, que me va a dar la
victoria, y a ti te derrotará. Marta murmuraba satisfecha consigo
misma, He ganado, estaba segura de que ganaría. Fue hacia el perro,
le hizo unas caricias en la cabeza, dijo gentil, Encontrado bonito,
Encontrado simpático, el padre se asomó a la puerta de la alfarería
para presenciar el feliz desenlace, Muy bien, sólo falta saber si será
definitivo, Pongo las manos en el fuego por que nunca más subirá a las
tablas, dijo Marta. Son poquísimas las palabras humanas que los
perros consiguen incorporar a su vocabulario propio de roznidos y
ladridos, sólo por eso, por no entenderlas, Encontrado no protestó
contra la irresponsable satisfacción de que sus dueños estaban dando
muestras, pues cualquier persona competente en estas materias y
capaz de apreciar de manera objetiva lo sucedido diría que el vencedor
de la contienda no es Marta, la dueña, por muy convencida que de eso
esté, mas sí el perro, aunque también debamos reconocer que dirían
precisamente lo contrario aquellas personas que sólo por las
apariencias saben juzgar. Presuma cada uno de la victoria que supone
haber alcanzado, incluso los asirios de barbas y sus colegas, ahora
felizmente a salvo de agresiones. En cuanto a Encontrado, no nos
resignaremos a dejarlo por ahí con una injusta reputación de perdedor.
La prueba probada de que la victoria fue suya es que se convirtió, a
partir de aquel día, en el más cuidadoso de los guardianes que alguna
vez protegieron monigotes de barro. Había que oírlo ladrar llamando a
los dueños cuando un inesperado golpe de viento tumbó media docena
de enfermeras.
La primera hornada fue de trescientas estatuillas, o mejor de
trescientas cincuenta, contando ya con la posibilidad de estragos. No
cabían más. Sucedió que era el día de descanso de Marcial, sucedió
por tanto que para Marcial fue un duro día de trabajo. Paciente,
solícito, ayudó al suegro a colocar los muñecos en los estantes
interiores, se encargó de la alimentación del horno, tarea para gente
robusta, tanto por el esfuerzo físico de transportar e introducir la leña
en el fogón como por las horas que tenía que durar, pues un horno
como éste, antiguo, rudimentario a la luz de las nuevas tecnologías,
necesita bastante tiempo para alcanzar el punto de cochura, sin olvidar
que, tras alcanzarlo, será necesario mantenerlo lo más estable posible.
Marcial va a trabajar hasta bien entrada la noche, hasta la hora en que
el suegro, terminada la obra que se impuso a sí mismo adelantar en la
alfarería, pueda venir a sustituirlo. Marta llevó la cena al padre,
después trajo la de Marcial y, sentados ambos en el banco que ha
servido para las meditaciones, comió con él. Ninguno de los dos tenía
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