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La casa de los espíritus
Isabel Allende
cambios que necesitaba el mundo y contagiándose unos a otros con la pasión de las
ideas. Volvía a su casa tarde en la noche, con la boca amarga y la ropa impregnada de
olor a tabaco rancio, con la cabeza caliente de heroísmos, segura de que, llegado el
momento, podría dar su vida por una causa justa. Por amor a Miguel, y no por
convicción ideológica, Alba se atrincheró en la universidad junto a los estudiantes que
se tomaron el edificio en apoyo a una huelga de trabajadores. Fueron días de
campamento, de discursos inflamados, de gritar insultos a la policía desde las ventanas
hasta quedar afónicos. Hicieron barricadas con sacos de tierra y adoquines que
desprendieron del patio principal, tapiaron las puertas y ventanas con la intención de
transformar el edificio en una fortaleza y el resultado fue una mazmorra de la cual era
mucho más difícil para los estudiantes salir, que para la policía entrar. Fue la primera
vez que Alba pasó la noche fuera de su casa, acunada en los brazos de Miguel, entre
montones de periódicos y botellas vacías de cerveza, en la cálida promiscuidad de los
compañeros, todos jóvenes, sudados, con los ojos enrojecidos por el sueño atrasado y
el humo, un poco hambrientos y sin nada de miedo, porque aquello. se parecía más a
un juego que a una guerra. El primer día lo pasaron tan ocupados haciendo barricadas
y movilizando sus cándidas defensas, pintando pancartas y hablando por teléfono, que
no tuvieron tiempo para preocuparse cuando la policía les cortó el agua y la
electricidad.
Desde el primer momento, Miguel se convirtió en el alma de la toma, secundado por
el profesor Sebastián Gómez, quien a pesar de sus piernas baldadas, los acompañó
hasta el final. Esa noche cantaron para darse ánimos y cuando se cansaron de las
arengas, las discusiones y los cantos, se acomodaron en grupos para pasar la noche lo
mejor posible. El último en descansar fue Miguel, que parecía ser el único que sabía
cómo actuar. Se hizo cargo de la distribución del agua, juntando en recipientes hasta
la que había almacenada en los estanques de los excusados, improvisó una cocina y
produjo, nadie sabe de dónde, café instantáneo, galletas y unas latas de cerveza. Al
día siguiente, el hedor de los baños sin agua era terrible, pero Miguel organizó la
limpieza y ordenó que no se ocuparan: había que hacer sus necesidades en el patio, en
un hoyo cavado junto a la estatua de piedra del fundador de la universidad. Miguel
dividió a los muchachos en cuadrillas y los mantuvo todo el día ocupados, con tanta
habilidad, que no se notaba su autoridad. Las decisiones parecían surgir
espontáneamente de los grupos.
-¡Parece que fuéramos a quedarnos por varios meses! -comentó Alba, encantada
con la idea de estar sitiados.
En la calle, rodeando el antiguo edificio, se colocaron estratégicamente los carros
blindados de la policía. Comenzó una tensa espera que iba a prolongarse por varios
días.
-Se plegarán los estudiantes de todo el país, los sindicatos, los colegios
profesionales. Tal vez caiga el gobierno -opinó Sebastián Gómez.
-No lo creo -replicó Miguel-. Pero lo que importa es establecer la protesta y no dejar
el edificio hasta que se firme el pliego de peticiones de los trabajadores.
Comenzó a llover suavemente y muy temprano se hizo de noche dentro del edificio
sin luz. Encendieron algunas improvisadas lámparas con gasolina y una mecha
humeante en tarros. Alba pensó que también habían cortado el teléfono, pero
comprobó que la línea funcionaba. Miguel explicó que la policía tenía interés en saber
lo que ellos hablaban y los previno respecto a las conversaciones. De todos modos,
Alba llamó a su casa para avisar que se quedaría junto a sus compañeros hasta la
victoria final o la muerte, lo cual le sonó falso una vez que lo hubo dicho. Su abuelo
arrebató el aparato de la mano de Blanca y con la entonación iracunda que su nieta
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