A Josh le iba mucho mejor, debido en parte a la relación de larga distancia que había
mantenido con Amber. Correo electrónico y teléfono daban una salida a su dolor, y ella
le había concedido tiempo y espacio para desahogarse. El preparaba también su gra-
duación del bachillerato, con todas las distracciones que su último año brindaba.
La Gran Tristeza había descendido, y en diferentes grados cubría a todos aquellos cu-
yas vidas habían tocado la de Missy. Mack y Nan sortearon juntos la tormenta de la
pérdida con razonable éxito, y en cierto sentido se unieron más gracias a ella. Nan ha-
bía dejado en claro desde el principio, y reiterado después, que de ninguna manera
culpaba a Mack de lo ocurrido. Comprensiblemente, Mack tardó mucho más tiempo en
salir del atolladero, al menos un poco.
Es tan fácil sumirse en el juego del "Si hubiera...", y practicarlo es un rápido y resbaloso
tobogán a la desesperación. Si hubiera decidido no llevar a los chicos a ese viaje; si
hubiera dicho "no" cuando le pidieron permiso para usar la canoa; si hubiera partido el
día anterior; si hubiera, si hubiera, si hubiera. Y luego, que todo terminara en nada. El
hecho de que no hubiese podido sepultar el cuerpo de Missy magnificaba su fracaso
como padre. Que ella estuviera sola en alguna parte del bosque lo perseguía día a día.
Ahora, tres y medio años después, se daba oficialmente por sentado que Missy había
sido asesinada. La vida nunca volvería a la normalidad, si había sido normal alguna
vez. Todo sería vacío sin su Missy.
Esta tragedia también había acrecentado la grieta en la relación de Mack con Dios, pe-
ro él ignoraba esta creciente sensación de separación. Trataba en cambio de abrazar
una fe estoica e impasible; y aunque hallaba cierto consuelo y paz en eso, subsistían
las pesadillas en las que sus pies se hundían en el lodo y sus mudos gritos no podían
salvar a su preciosa Missy. Esos malos sueños eran cada vez menos frecuentes, y la
risa y los momentos de alegría regresaban poco a poco, pero esto también lo hacía
sentirse culpable.
Así que el hecho de que Mack hubiera recibido la nota en la que "Papá" le decía que se
vieran en la cabaña no fue un acontecimiento menor. ¿Acaso Dios escribía notas? ¿Y
por qué en la cabaña, icono de su más profundo dolor? Ciertamente Dios tendría mejo-
res lugares para reunirse con él. Por su mente cruzó aun la oscura idea de que el ase-
sino se estuviera burlando de él, o atrayéndolo para que dejara desprotegido al resto
de la familia. Quizá todo era una broma cruel. Pero entonces, ¿por qué la firma "Papá"?
Por más que hacía, Mack no podía escapar a la posibilidad extrema de que, después
de todo, la nota procediera efectivamente de Dios, aun si la idea de Dios mandando no-
tas no encajaba en su educación teológica. En el seminario le habían enseñado que
Dios había cancelado por completo toda comunicación con los modernos, prefiriendo
que sólo escucharan y siguieran la Sagrada Escritura, apropiadamente interpretada,
desde luego. La voz de Dios había quedado reducida a papel, y aun ese papel tenía
que ser moderado y descifrado por las autoridades e intelectos adecuados. Parecía
que la comunicación directa con Dios hubiera sido exclusiva de los bárbaros y los anti-
guos, mientras que el acceso de los instruidos occidentales a Dios estaba mediado y