me proporcionaba valor (no sé si a ustedes les pasa lo mis-
mo).
Desde ese momento mi obsesión crecía cada vez
más, (deseo llamarlo así) ella era la culpable de pasar días
enteros parado en la puerta de aquel lugar donde la vi por
única vez. La espero, quisiera verla otra vez. Pero no, nunca
llegaba, lo único que llegaba era la desolación, y llegaba
siempre furiosa derribando todo mi ser.
Luego llegaron muchos momentos de rabia, producía
escándalos inexplicables en mi habitación, botaba todo al
pavimento, cuadernos, cuadros, sillas, mesas, ropas, platos,
etc. El dolor de mi desaliento es una llaga podrida incrus-
tada en mis carnes, solamente mis lágrimas apaciguaban la
furia (quizá sea el único remedio para los desesperados).
Cuántas noches de desesperación, eternas y frías.
Busqué un sitio calmado, ubiqué una cafetería, crucé la ca-
lle con una calma que extrañamente llegó (la calma en mi
ser era una absurdidad).
El tizne de mi cigarro inundó el ambiente serenado
de la cafetería, con la mirada escogí el lugar mas apropiado
para poder meditar mi desdichado plan, elegí la mesa más
próxima a la puerta que tenia una mirada a la calle, espe-
cialmente, al lugar donde se dieron los hechos (de la cual
aun no me arrepiento), para no perder detalles.
¿Ella que hacía en ese lugar? ¿Por qué descendía tan