EL INVERSOR Y SUS ASESORES
principalmente a la «caída de volumen». Se trata de una queja
desconcertante, si se tiene en cuenta que el volumen de negocio de la New
York Stock Exchange en 1970 ascendió a 2.937 millones de acciones, el
mayor volumen de su historia y más del doble que en cualquier año antes
de 1965. Durante los 15 años de evolución al alza de mercado que
concluyeron en 1964, el volumen medio había llegado «únicamente» a los
712 millones de acciones, una cuarta parte de la cifra correspondiente al
año 1970, pero la industria de la intermediación había disfrutado de la
mayor prosperidad de la historia. Supuesto que, como aparentemente ha
sucedido, las firmas miembros de los mercados de valores hayan permitido
que sus gastos generales y de otro tipo hayan aumentado a un ritmo tal que
no han sido capaces de soportar ni siquiera una leve reducción de volumen
durante parte de un ejercicio, la verdad es que la situación no dice mucho
en favor ni de su sensatez empresarial ni de su conservadurismo financiero.
Una tercera explicación de los problemas financieros ha acabado
emergiendo entre la niebla de la ocultación, y sospechamos que es la
explicación más razonable y certera de las tres. Parece que buena parte del
capital de ciertas agencias de intermediación de bolsa estaba depositado en
forma de acciones ordinarias que pertenecían a los socios individuales de
las agencias. Algunas de estas carteras, aparentemente, tenían una
naturaleza extraordinariamente especulativa y se contabilizaban a un valor
inflado. Cuando el mercado cayó en 1969, las cotizaciones de estos valores
experimentaron una drástica caída y la parte sustancial del capital de las
agencias se esfumó junto con el valor de las acciones.2 En la práctica, esto
equivale a decir que los socios de las agencias estaban especulando con el
capital que se suponía que protegía a los clientes de los riesgos financieros
ordinarios que entraña la actividad de intermediación, con el objetivo de
duplicar los beneficios que se obtenían con dicho capital. Esto es
inexcusable; nos abstendremos de hacer ningún otro comentario adicional.
El inversor debería utilizar su inteligencia no sólo para formular sus
políticas financieras, sino también los detalles asociados con ellas. Entre
estos detalles están la elección de un corredor de buena reputación para que
se encargue de ejecutar sus órdenes. Hasta el momento había bastado con
aconsejar a nuestros lectores que hiciesen operaciones únicamente con los
miembros de la New York Stock Exchange, salvo que hubiese razones
apremiantes para recurrir a una agencia que no fuese miembro de esa bolsa.
A regañadientes, nos vemos obligados a añadir consejos adicionales en este
terreno. Creemos que las personas que no tienen cuentas de margen, y en
nuestro vocabulario esto significa todos los inversores no profesionales,
deberían encargarse de que la entrega y recepción de sus valores fuese
gestionada por su banco. Cuando se da una orden de compra a los
corredores, se les puede indicar que entreguen los valores que han
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