Identidades No 5, Abril, 2015 | Page 103

cuatro capillas del sudoeste correntino: El Batel (Departamento Goya), Ifran, Yataity Calle y Cruz de los Milagros y, según referencias de terceros, en Mercedes (Corrientes) y General Obligado (Santa Fe). Conforman un resorte lúdico clave en la fiesta, pues deben animarla con gritos y peleas pantomímicas, incitar a los concurrentes a bailar solos, entre ellos y/o armando parejas, así como a ayudar en los menesteres necesarios para la celebración. No tienen baile ni música propia. El deber es bailar mientras haya música, sea chamamé, “valseado” o cumbia, los tres géneros danzarios de las capillas precitadas. Los movimientos son histriónicos; no pueden ingerir bebidas alcohólicas ni hablar con las damas. Según sus habilidades, también tocan en los conjuntos de chamamé que se forman ad hoc. Este rol es preponderantemente masculino y, por lo general, participan jóvenes y niños. A tal efecto los postulantes deben tomar parte en un rito de pasaje (“El nombramiento”) al inicio del ciclo festivo, es decir: el primer día de la Novena. Durante la procesión, algunos montan a caballo y simulan luchas ecuestres con jinetes no enmascarados, en las cuales éstos resultan perseguidos y alcanzados. Cambara’angá puede traducirse como “disfrazado de negro” o “negro de mentira”, pero lo importante es que, para los devotos, se está personificando al santo. El atuendo consiste en máscara de cabeza, capa, delantal y polainas, con predominio del rojo y el amarillo. Todas las prendas están atiborradas de apliques: juguetes de plástico, lentejuelas, adornos de Navidad, espejitos, afeitadoras desechables, relojes de juguete, pequeñas luces accionadas por batería, etc. Para las peleas pantomímicas usan revólveres de juguete y boleadoras de lana, cuchillos y espadas de madera. Dado lo importante que resulta ocultar su identidad, falsean la voz y niegan sus nombres. Se les debe llamar cambara’angá, cambacito o cambá (Cirio 2003a y c). Otro instrumento que se toca sólo durante el ciclo festivo del santo es la tambora. Se toca en una decena de capillas del centro-oeste correntino y norte santafesino, donde está la mayoría de las capillas con cambara’angá. Hay un modelo autóctono de unos 35 cm de alto por 30 de diámetro. El cuerpo consta de una serie de duelas de madera, atadas por su interior con alambre a dos aros de hierro internos, que vienen a conformar el tamaño de sus bocas. Las duelas no son de ninguna madera en particular, sino que se usan aquellas de los cajones de verdulería. Están adosadas y entre ellas queda un pequeño intersticio de luz. Los parches pueden ser de guazuncho, perro, vaca o ciervo de los pantanos. Cubren las dos bocas y retoban parcialmente el cuerpo del instrumento, sujetos entre sí por correas de tiento del mismo tipo de cuero. En algunas capillas del centro-norte del país se usan también bombos tubulares (en su tamaño natural o pequeño, de juguete) y en otra capilla, un antiguo redoblante militar, pero en todos los casos el ejecutante se cuelga la tambora en banderola y percute con dos baquetas uno de sus parches. Que integre la instrumentación de los géneros danzarios tradicionales para san Baltazar (chamamé y “valseado”), al que también se suma la cumbia, desde los años 80, es algo fuera de lo común en la música de la región. En la textura sonora sobresale asumiendo el rol principal, pues los actores afirman que es “la voz del santo” y “el símbolo de lo africano”. Así, a diferencia del común de los instrumentos de percusión, la tambora no se limita a acompañar, sino que es acompañada por los demás y su toque se considera la presencia del santo en la fiesta, tiñendo de sentido religioso sus performances musicales y activando un proceso sim- 103