cuatro capillas del sudoeste correntino:
El Batel (Departamento Goya), Ifran,
Yataity Calle y Cruz de los Milagros y,
según referencias de terceros, en Mercedes (Corrientes) y General Obligado
(Santa Fe).
Conforman un resorte lúdico clave en la
fiesta, pues deben animarla con gritos y
peleas pantomímicas, incitar a los concurrentes a bailar solos, entre ellos y/o
armando parejas, así como a ayudar en
los menesteres necesarios para la celebración. No tienen baile ni música propia. El deber es bailar mientras haya
música, sea chamamé, “valseado” o
cumbia, los tres géneros danzarios de
las capillas precitadas. Los movimientos
son histriónicos; no pueden ingerir bebidas alcohólicas ni hablar con las damas. Según sus habilidades, también
tocan en los conjuntos de chamamé que
se forman ad hoc.
Este rol es preponderantemente masculino y, por lo general, participan jóvenes
y niños. A tal efecto los postulantes
deben tomar parte en un rito de pasaje
(“El nombramiento”) al inicio del ciclo
festivo, es decir: el primer día de la Novena. Durante la procesión, algunos
montan a caballo y simulan luchas
ecuestres con jinetes no enmascarados,
en las cuales éstos resultan perseguidos
y alcanzados.
Cambara’angá puede traducirse como
“disfrazado de negro” o “negro de mentira”, pero lo importante es que, para los
devotos, se está personificando al santo.
El atuendo consiste en máscara de cabeza, capa, delantal y polainas, con predominio del rojo y el amarillo. Todas
las prendas están atiborradas de apliques: juguetes de plástico, lentejuelas,
adornos de Navidad, espejitos, afeitadoras desechables, relojes de juguete, pequeñas luces accionadas por batería, etc.
Para las peleas pantomímicas usan revólveres de juguete y boleadoras de
lana, cuchillos y espadas de madera.
Dado lo importante que resulta ocultar
su identidad, falsean la voz y niegan sus
nombres. Se les debe llamar cambara’angá, cambacito o cambá (Cirio
2003a y c).
Otro instrumento que se toca sólo durante el ciclo festivo del santo es la
tambora. Se toca en una decena de capillas del centro-oeste correntino y norte
santafesino, donde está la mayoría de
las capillas con cambara’angá. Hay un
modelo autóctono de unos 35 cm de alto
por 30 de diámetro. El cuerpo consta de
una serie de duelas de madera, atadas
por su interior con alambre a dos aros
de hierro internos, que vienen a conformar el tamaño de sus bocas. Las duelas no son de ninguna madera en particular, sino que se usan aquellas de los
cajones de verdulería. Están adosadas y
entre ellas queda un pequeño intersticio
de luz. Los parches pueden ser de guazuncho, perro, vaca o ciervo de los pantanos. Cubren las dos bocas y retoban
parcialmente el cuerpo del instrumento,
sujetos entre sí por correas de tiento del
mismo tipo de cuero.
En algunas capillas del centro-norte del
país se usan también bombos tubulares
(en su tamaño natural o pequeño, de
juguete) y en otra capilla, un antiguo
redoblante militar, pero en todos los
casos el ejecutante se cuelga la tambora
en banderola y percute con dos baquetas
uno de sus parches. Que integre la instrumentación de los géneros danzarios
tradicionales para san Baltazar (chamamé y “valseado”), al que también se
suma la cumbia, desde los años 80, es
algo fuera de lo común en la música de
la región.
En la textura sonora sobresale asumiendo el rol principal, pues los actores
afirman que es “la voz del santo” y “el
símbolo de lo africano”. Así, a diferencia del común de los instrumentos de
percusión, la tambora no se limita a
acompañar, sino que es acompañada
por los demás y su toque se considera la
presencia del santo en la fiesta, tiñendo
de sentido religioso sus performances
musicales y activando un proceso sim-
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