Identidades No 5, Abril, 2015 | Page 100

Miguel Ángel Rosal (2011) puede parecer alentadora, tras una evaluación de conjunto advierto que: 1) La mayoría son de corte histórico y corresponden al período “de oro” de la esclavitud (siglo XVIII hasta ca. 1850), como si desde ese entonces el tema perdiera relevancia súbitamente 2) Hay carencia de marcos teóricos que permitan interpretaciones superadoras de la evidencia empírica, ya que su mera exposición no es auto-explicativa 3) Los trabajos de corte social son los menos y hay fuerte presencia de procederes ajenos al pensamiento científico (libre especulación, hermenéutica de escritorio, informaciones parciales dadas por generales —incluso tomando hechos de otros países como propios—, consideración de textos literarios como reales, empleo de datos de terceros sin verificar e incluso dándolos por propios, análisis de la realidad reemplazando la etnografía por la información mediática, anecdotario anodino, opiniones impresionistas y/o fuera de lugar, análisis descontextualizados y falta de etnografía 4) Hay escasa crítica de la producción existente y se favorece la reverencialidad basada en entronización de autores que se estiman incuestionables 5) Se suscribe a una concepción estrecha, atemporal y asocial de la música afroargentina, reducida a estereotipos esencialistas, sin entenderla como la resultante sincrética del contacto del negro con otros grupos y desestimando la capacidad de agencia de sus cultores más allá de lo “propio”, lo que resulta, por ejemplo, contraproducente para analizar su implicancia en el origen del tango e incluso en otras tradiciones menos pensadas, como la música académica y folclórica (Cirio 2006, 2007d, 2010b, 2010c, 2012a) 6) Excepto por algunos estudios históricos sobre el interior del país, la producción se ciñe al ámbito porteño, que termina dando una visión unitaria de lo afroargentino, cuando sólo se trata de lo afroporteño. Este panorama comenzó a mejorar en los 90. Se puede precisar la bisagra en el libro The Afro-Argentines of Buenos Aires: 1800-1900 (1980), del historiador estadounidense George Reid Andrews, que además de ofrecer una renovada interpretación del pasado, inaugura un tema que parecía irrefutablemente cerrado: los afroargentinos en la actualidad. En musicología hubo que esperar hasta 1993, cuando el sociólogo Alejandro Frigerio publicó el artículo “El candombe argentino: crónica de una muerte anunciada”, para comenzar a dar cuenta de un fenómeno sugestivamente irrelevante, dado por desaparecido hacia 1850 y cosificado en forma, función y simbología absolutamente especulativas. Además, tomaba cuestiones del candombe montevideano sin mayor miramiento ni explicación. Su enfoque se basó en un examen de los trabajos existentes, la lectura crítica de las fuentes desde un pertinente marco teórico y, lo más novedoso, en el aporte de historia oral recabada por el autor. El conocimiento actual de la música afroargentina es sumamente desparejo en tiempo y espacio, lo que impide dar un panorama integral. Por ejemplo, pese al alto porcentaje de negros en la época colonial en provincias como Santiago del Estero (54%), Catamarca (52%), Salta (46%), Córdoba (44%) y Tucumán (42%), según el censo de 1778, sólo disponemos de un puñado de datos aislados y descontextualizados sobre qué música hacían y hacen. Con todo, el presente promete sugestivos avances, como la “aparición” del paraje San Félix (Departamento Jiménez, Santiago del Estero), cuya poblaci