Miguel Ángel Rosal (2011) puede parecer alentadora, tras una evaluación de
conjunto advierto que:
1) La mayoría son de corte histórico y
corresponden al período “de oro” de la
esclavitud (siglo XVIII hasta ca. 1850),
como si desde ese entonces el tema perdiera relevancia súbitamente
2) Hay carencia de marcos teóricos que
permitan interpretaciones superadoras
de la evidencia empírica, ya que su mera exposición no es auto-explicativa
3) Los trabajos de corte social son los
menos y hay fuerte presencia de procederes ajenos al pensamiento científico
(libre especulación, hermenéutica de
escritorio, informaciones parciales dadas por generales —incluso tomando
hechos de otros países como propios—,
consideración de textos literarios como
reales, empleo de datos de terceros sin
verificar e incluso dándolos por propios,
análisis de la realidad reemplazando la
etnografía por la información mediática,
anecdotario anodino, opiniones impresionistas y/o fuera de lugar, análisis
descontextualizados y falta de etnografía
4) Hay escasa crítica de la producción
existente y se favorece la reverencialidad basada en entronización de autores
que se estiman incuestionables
5) Se suscribe a una concepción estrecha, atemporal y asocial de la música
afroargentina, reducida a estereotipos
esencialistas, sin entenderla como la
resultante sincrética del contacto del
negro con otros grupos y desestimando
la capacidad de agencia de sus cultores
más allá de lo “propio”, lo que resulta,
por ejemplo, contraproducente para
analizar su implicancia en el origen del
tango e incluso en otras tradiciones menos pensadas, como la música académica y folclórica (Cirio 2006, 2007d,
2010b, 2010c, 2012a)
6) Excepto por algunos estudios históricos sobre el interior del país, la producción se ciñe al ámbito porteño, que termina dando una visión unitaria de lo
afroargentino, cuando sólo se trata de lo
afroporteño.
Este panorama comenzó a mejorar en
los 90. Se puede precisar la bisagra en
el libro The Afro-Argentines of Buenos
Aires: 1800-1900 (1980), del historiador
estadounidense George Reid Andrews,
que además de ofrecer una renovada
interpretación del pasado, inaugura un
tema que parecía irrefutablemente cerrado: los afroargentinos en la actualidad.
En musicología hubo que esperar hasta
1993, cuando el sociólogo Alejandro
Frigerio publicó el artículo “El candombe argentino: crónica de una muerte
anunciada”, para comenzar a dar cuenta
de un fenómeno sugestivamente irrelevante, dado por desaparecido hacia
1850 y cosificado en forma, función y
simbología absolutamente especulativas. Además, tomaba cuestiones del
candombe montevideano sin mayor
miramiento ni explicación. Su enfoque
se basó en un examen de los trabajos
existentes, la lectura crítica de las fuentes desde un pertinente marco teórico y,
lo más novedoso, en el aporte de historia oral recabada por el autor.
El conocimiento actual de la música
afroargentina es sumamente desparejo
en tiempo y espacio, lo que impide dar
un panorama integral. Por ejemplo, pese
al alto porcentaje de negros en la época
colonial en provincias como Santiago
del Estero (54%), Catamarca (52%),
Salta (46%), Córdoba (44%) y Tucumán (42%), según el censo de 1778,
sólo disponemos de un puñado de datos
aislados y descontextualizados sobre
qué música hacían y hacen.
Con todo, el presente promete sugestivos avances, como la “aparición” del
paraje San Félix (Departamento Jiménez, Santiago del Estero), cuya poblaci