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nación civil a lo militar, lo que realizó
un efecto demoledor sobre la sociedad
en su conjunto. Por un lado, redujo a
cero la independencia de cada ciudadano y sus derechos civiles. Y por
otro, le creo a los uniformados un
sobredimensionado sentido de superioridad y preponderancia sobre el resto
de la población, considerándolos a
disposición de las ordenes que tuvieran a bien establecer3. Incluso la concepción del malhadado Período Especial es la de llevar a la nación a la
rutina de un campamento militar
polphotiano.4 La falsa visión de que el
país está en un permanente estado de
guerra y a punto de ser invadido ha
resistido, aunque con gran deterioro, el
embate de más medio siglo sin que se
haga realidad. Pero el constante azuzamiento hacia el “Enemigo” y el
arrebatado sistema de movilización
masiva ante el inminente ataque, la
supuesta provocación, la declaración
gubernamental del adversario, provocaron una transformación radical de la
educación, costumbres, normas de
conducta, relaciones familiares, perspectivas culturales y personales, la
visión de la realidad nacional y del
mundo, el lenguaje cotidiano, la sospecha y la delación…Y todo bajo un
permanente clima de ordeno y mando.
La masa total de la población fue
lentamente arramblada hacia un corral
ideológico donde el disentimiento, la
menor duda o la simple apatía o escasa
cuota de entusiasmo aún continúa
siendo anatema penado en carne y
espíritu como agentes que actúan bajo
la influencia y beneficio del “Enemigo” externo. La población terminó
compartimentada en todos los aspectos, de acuerdo con parámetros castrenses, en un todo mezclado, un
universo asfixiante girando en torno a
reservas militares, milicias, frentes de
combate, batallas ideológicas, y organizados en batallones, o masificados
con designaciones como “personal”,
“elemento” …El momento cumbre de
esta etapa se alcanza con la erupción
del máximo modelo de acondicionamiento del ciudadano a su función
guerrera: las expediciones militares a
África. No es propósito abundar en
este aspecto, sino señalar el efecto
retroactivo que trajo para el reforzamiento de exaltación a lo militar y la
supeditación de lo civil en la isla. Es
difícil negar que tuvo resultados. El
entusiasmo pueril de muchos voluntarios, participando en una guerra tan
distante de su país, y aceptando como
razón indiscutible la confusa demagogia de transpolar la defensa de su
patria ante un ataque que no llegaba
nunca con participar en el conflicto
bélico de países africanos que muy
pocos antes siquiera habrían oído
nombrar, es un tema bien vasto y que
deja mucho que decir del permanente
efecto militarista sobre una sociedad
civil. Como fuere, luego de utilizar
cientos de miles de hombres en la
consolidación a futuro de sistemas
dictatoriales en extremo corruptos, el
impacto en la sociedad cubana fue de
desconcierto, abulia y una mayor
resignación a aceptar como inconmovible el orden de cosas que se imponen
desde “arriba”. La subordinación y
fidelidad absoluta al caudillo militar y
político, y el carácter infalible de su
dictum estab leciendo la verdad correcta e indiscutible de cualquier asunto
estaba establecida rígidamente desde
el mismo origen en los escondrijos
serranos. A los miembros del ejército
insurrecto que transgredieran estas
normas inflexibles les fueron aplicados drásticos castigos (ejecución
sumaria). Pero nunca llegaron a impeler el extremo de una purga general en
todos los cuerpos profesionales armados por su propia estructura de poder.
La causa número 2 de 1989 sería el
disparo de arrancada de esa limpieza,
calculadoramente concebido para el
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