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era otra historia: las prendas de ropa
tiradas por todas partes, las colillas de
cigarro que tiraban encendidas para
quemarme la planta de los pies… Entre
quienes presumían de buenos maquillajes, buenas ropas y uñas postizas, yo
permanecía sentado en una puntita de la
cama, sin usar ni siquiera base. Solo
delineaba mis ojos en negro, los labios
iban rojos y era ya la chica material:
Madonna, a quien escogí para mi representación por más de una década. A
pesar de mis carencias, siempre conseguí aplausos del público. Se preferían
las artistas del patio, como Annia Linares o Marucha, interpretada magistralmente por la conocida transformista
Imperio. De ahí surgió Lola, comediante excelente que ya no está en Cuba, así
como otras que han muerto por causa
del SIDA o aún trabajan en los sitios
montados actualmente para homosexuales. Aquella fue época difícil para el
transformismo en Cuba. No pocas veces
tuvimos que salir corriendo de la casa
por las redadas de la policía. No era
como ahora, en que hacer un show de
travestis es algo que no causa asombro a
nadie. Evidentemente los tiempos han
cambiado, pero no para bien en el ámbito artístico. Antes el transformista encarnaba un personaje, a quien estudiaba
al dedillo para hacerse dueño de sus
ademanes. Lo especial era esa magia de
conseguir la personificación casi perfecta, pero eso ya no existe, aunque continúen las rivalidades, las envidias y otras
miserias de ese mundo poco explorado.
Performance “Dónde está el taxi”, de Nonardo Perea
Ahora los espectáculos son poco interesantes y no muchas transformistas se
esfuerzan por conseguir buen doblaje,
porque es lo que siguen haciendo: doblar, pero solo una o dos realizan un
trabajo digno con su propia voz e impe-
ra un total desconocimiento de lo que
ocurre en otros sitios del mundo. En ese
sentido no hemos evolucionado, sino
que muy al contrario, como la propia
revolución, hemos quedado estáticos y
perdido la posibilidad de reinventarnos
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