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Una moda que se expande cada vez más
entre la juventud es hacerse eco de
tradiciones foráneas como los LAM parties
(fiestas para jugar videojuegos en red) o
celebrar Halloween. Hay un mercado
especializado en artículos para fiestas de
cumpleaños que reproducen personajes de
animados norteamericanos: Miky Mouse,
Blancanieves, Shrek, Bob Esponja… Hasta
en diplomas de graduación de niños de
primaria aparecen estampas de Ariel (la
Sirenita) y la princesa Jazmin, del filme
Alladin.
Hay causas visibles y subrepticias para este
rechazo. Una economía en crisis por décadas
y un imparable exilio son razones de peso,
pero insuficientes; el primer punto del
análisis debería ser: ¿qué seguridad
garantizan el carnet de identidad o el
pasaporte?
El cubano no se siente protegido, sino objeto
de control: en la escuela, en el trabajo,
mientras tramita formalidades legales y
hasta en su propia casa, donde es invadido
por fumigaciones masivas no avisadas o
reuniones del CDR o imprevistos cortes de
electricidad.
Recuerdo a un amigo emigrado que después
de diez años de ausencia reaccionaba con
espanto a la realidad de la Isla: “¡Hay
apagones, y no pasa nada! En Chile, si se va
la luz por unos minutos, al día siguiente
tienes en la puerta a gente de la compañía de
electricidad con regalos, para que no los
demandes”.
El trato inquisitivo por funcionarios y
agentes del orden, los salarios “simbólicos”,
los riesgos de la iniciativa empresarial y las
acrobacias ilícitas de supervivencia,
reafirman la sensación continua de
incertidumbre. Y por otro lado, ¿cómo
enorgullecerse de un panorama que se
prolonga, al menos en gran parte de la
Habana?
Calles
rotas,
basureros
desbordados, perros hambrientos, guaguas
demoradas y repletas.
La tan aclamada dignidad, herencia directa
de los héroes autóctonos, no tiene
continuidad práctica. Una enfermera,
después de 37 años de abnegado servicio en
Salud Pública, iba a emprender su primer
viaje al extranjero (gracias a un familiar, no
a su carrera) y me confesaba que casi todo
en su equipaje era prestado.
La cara vistosa de Cuba, las rutilantes
instituciones o en proceso de restauración,
los hoteles de lujo donde el ciudadano
común es visto con recelo, no generan
tampoco, lógicamente, ningún sentido de
pertenencia.
En al menos tres embajadas he sido testigo
involuntario de cómo algunos cubanos, con
la esperanza de viajar, soportan la
humillación de un trato degradante, que no
se concede a los extranjeros. En estos
predios que implican el salto al mundo,
nosotros calificamos de inmigrantes
potenciales, categoría que raya con la de
delincuentes.
Los cubanos emigrados experimentan en
carne propia las ventajas de una ciudadanía
doble y cualquier cuota de libertad civil
jamás procede de su propio origen.
Una maestra de primaria me contaba con
vergüenza, que su hija de tres años le había
dicho: “Cuando yo sea grande, quiero ser
extranjera”. ¿Cómo sostener el arraigo a un
país, si una de sus hijas, apenas consciente
del mundo, puede hacer un cálculo tan
aplastante?
El concepto de nación
La historia de Cuba que se imparte en la
escuela, editada y saturada de héroes y
consignas, no parece salida de la vida. Los
estudiantes memorizan, no aprehenden;
repiten, no concientizan. Y mientras rebasan
los niveles escolares, con la perspectiva de
ejercer el conocimiento fuera de aquí si es
posible, descubren rápidamente que la
ideología se valora más que la
honorabilidad, el talento o la disciplina.
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