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den los significados y se rompe, en términos de Halbwachs, todo vínculo social.
Así, al dejar de comunicarse saberes, se
desestructuran de los marcos sociales de
la memoria que permiten organizar los
recuerdos y éstos caen en el olvido. En
el caso del silencio impuesto desde el
Estado-nación, la violencia se complejiza por su relación asimétrica con los
afroargentinos. Su deliberada ausencia
en censos, mapas y museos fue la punta
del iceberg de la estrategia para borrar
un pasado comprometedor y un presente
desestimado por indeseable.
Si bien el culto a san Baltazar es público y uno de los más populares en la
religiosidad popular litoraleña, sus prácticas musicales se ciñen a unos pocos
días al año, con la desconsideración del
establishment local como culto “de pobres, de última” y la desatención que
aún padece el Litoral respecto a otras
regiones de cara a la identidad nacional.
Así se torna irrelevante a la hora de
sopesar la afroargentinidad.
Otro uso social del silencio, la autoimposición, implica la necesidad de apartarse de la exposición pública y se dio
con más fuerza en los afroporteños,
quienes mantienen —aunque cada vez
con menor intensidad— un pacto intra-
comunitario de silencio labrado por sus
mayores a fines del siglo XIX. El epígrafe del comienzo de este artículo
apunta en esa dirección, así como la
máxima familiar afroporteña Ver, oír y
callar.
Ellos testimonian la tensión vivida puertas adentro no solo con respecto a qué
podía trascender, sino también, y mucho
más sugestivo, al deseo de que ese saber
no fuera aprendido por los niños, porque resultaría inoperante y hasta contraproducente en un país con sistema de
promoción basado en la blanquedad.
“De eso no se