Antigüedades y arte moderno, sin miedo a mezclar
Un dormitorio como una prenda
Jardines habitados por esculturas
Una casa que nunca se dio por terminada
Antigüedades y arte moderno, sin miedo a mezclar
Lo verdaderamente singular de Le Jonchet no fue su arquitectura, sino la forma en que Givenchy la habitó. Lejos de convertir la casa en una reconstrucción de época, mezcló mobiliario francés del siglo XVIII con obras de Picasso, Miró, Nicolas de Staël o Rothko. Un sillón antiguo podía convivir con una mesa contemporánea; una escultura moderna, con una chimenea monumental. Esa combinación evitaba cualquier efecto de museo: cada pieza parecía elegida por su belleza, no por su procedencia o antigüedad.
Un dormitorio como una prenda
Entre los espacios más singulares de la casa destaca un dormitorio completamente cubierto por un mismo estampado floral: paredes, cortinas, dosel y tapizados compartían el mismo tejido, generando un efecto envolvente casi teatral. Es difícil no ver ahí la mano del couturier: Givenchy parecía vestir la habitación igual que vestía a sus clientas.
Jardines habitados por esculturas
El proyecto se extendía también al exterior. Jardines geométricos, rosaledas, topiaria y un lago rodeaban la casa, en parte gracias a la colaboración de Bunny Mellon, célebre jardinera y amiga cercana del diseñador. Entre la vegetación destacaban esculturas de ciervos en bronce de Janine Janet, vinculadas a otra figura clave en su vida: Cristóbal Balenciaga.
Una casa que nunca se dio por terminada
Givenchy nunca consideró sus residencias como proyectos cerrados: durante décadas siguió incorporando, moviendo y reorganizando piezas entre sus distintas casas. Ese proceso lento convirtió a Le Jonchet en un retrato fiel de su criterio estético, donde la elegancia no residía en la uniformidad, sino en saber combinar, con acierto, objetos aparentemente incompatibles.
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