El punto infinito
Se apaga la mirada de Yayoi Kusama.
Yayoi Kusama, una de las artistas más influyentes del arte contemporáneo, murió el pasado 14 de agosto en Tokio, a los 97 años. Su desaparición cierra más de siete décadas de una obra construida a partir de un vocabulario mínimo-puntos, redes, espejos y calabazas- que terminó por desbordar el lienzo hasta ocupar objetos, habitaciones enteras y paisajes.
Una obsesión convertida en sistema Nacida en 1929 en Matsumoto, Kusama trabajó desde muy joven con estructuras repetitivas vinculadas a la naturaleza. Su biografía suele asociarse a las alucinaciones y problemas de salud mental que ella misma describió, pero reducir su obra a esa condición sería simplificarla. Lo verdadero es que Kusama transformó una experiencia personal en un método artístico: la repetición no fue solo síntoma, sino herramienta plástica capaz de alterar la percepción del espacio.
De Japón a Nueva York Tras estudiar arte en Kioto, se instaló en 1958 en Nueva York, entonces epicentro de la transformación artística occidental. Allí desarrolló sus célebres Infinity Nets, superficies cubiertas por gestos repetidos hasta el infinito, y más tarde sus Accumulation Sculptures, donde objetos cotidianos quedaban cubiertos por formas blandas hasta perder su identidad original. De ahí pasó al collage, el cine, la performance y, sobre todo, a la instalación.
Espacios sin límites Su aportación más reconocible llegó con las Infinity Mirror Rooms, iniciadas en 1965: habitaciones de espejos donde el espectador deja de observar desde afuera para integrarse en el sistema de repeticiones. Esta lógica se consolidó en 2011 con la retrospectiva del Museo Reina Sofía, que después viajó al Centre Pompidou, la Tate Modern y el Whitney Museum. En 2016, su Jardín de Narcisos-1.300
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