Diseñada a la medida del proyecto y de Guillermo Arias, la cocina es el núcleo de la casa. Un espacio concebido para cocinar sin prisa y convertir ese gesto cotidiano en el verdadero ritual doméstico.
ra varios grados de forma natural. Esa condición climática terminó siendo determinante para construir ahí, sin depender de sistemas artificiales de enfriamiento.
Construir sobre las huellas del pasado
El lote ya tenía historia: había sido taller de metalmecánica y refugio improvisado tras la tragedia de Armero. En lugar de borrar esas capas, los arquitectos decidieron conservarlas como parte del relato de la casa, integrando marcas y huellas del uso anterior en lugar de corregirlas. El diseño avanzó más por sustracción que por construcción: derribar muros y abrir vanos para observar cómo cambiaba la percepción del espacio.
Sin propiedad, sin cerramientos
La decisión más radical llegó durante el proceso: eliminar la idea de habitaciones individuales. Lo que iba a ser un cuarto por socio se transformó en un sistema abierto donde cualquier espacio puede ser ocupado por cualquiera. A eso se sumó la negativa absoluta a instalar aire acondicionado, cerramientos herméticos o incluso mosquiteros, sustituidos por ventiladores de techo y la confianza en la ventilación natural.
Habitar expuesto
El resultado es una casa que no aísla del entorno, sino que lo deja entrar: la lluvia, el calor y los sonidos de la calle forman parte de la experiencia doméstica. No todos logran adaptarse a esa exposición, pero para sus creadores, ese proceso de ajuste terminó por convertirse en una forma distinta-y más libre- de habitar.
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