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La obra se centra sobre la brevedad de la vida, del paso del tiempo y sobre la muerte. También trata sobre personas desaparecidas de su pasado, como Juan II o Álvaro de Luna, concluyendo con un repaso de las virtudes morales de la muerte y un diálogo final con la muerte, con esto las Coplas consiguieron llegar a los sentimientos y transmitirlos sin problemas.

El estilo que emplea Jorge Manrique posee sobriedad, es decir, no usa adornos

en la obra. También se forma de vocablos más sencillos y de la simplicidad, componiendo así cada copla por dos sextillas de pie quebrado (8a, 8b, 4c, 8a, 8b, 4c; rima consonante). Con esto consigue una gravedad en los versos.

El desarrollo de la obra está dividida en tres partes

La primera parte (Coplas desde I hasta XIII) es una exposición en la cual señala el valor de la vida ante la muerte y el paso del tiempo, este valor es nulo; a su vez se destaca el valor de la vida en el más allá, mediante la virtud.

Dentro de esta primera parte, las tres primeras coplas quieren transmitir al lector conciencia de la temporalidad y de la naturaleza efímera de la vida terrenal.

La segunda parte (coplas XIV-XXIV) trata sobre el nulo valor de la vida y de los bienes terrenales. Al final de la segunda parte el poeta se desahoga denunciando a la Muerte como un poder destructor sin defensa posible.

La tercera y última parte (coplas XXV-XL) se centra en la imagen de su padre, don Rodrigo Manrique. Esta parte comienza con el alabo fúnebre de su padre, exalta sus virtudes, lo compara con personajes históricos y hace referencia a hechos importantes de su vida. Comienza a hablar con la Muerte y la dice que su padre debía tener vida eterna por su conducta ejemplar. En la última copla cuenta con detalle su muerte.