Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 359
Historia insolita de la musica clasica I
www.librosmaravillosos.com
Alberto Zurron
Para entrar en el Olimpo de la música, Isaac Albéniz tiró tanto de ingenio
como de vanidad, y pocas personas eran la que podían obligarle a callar,
entre ellas su hija Laura, con la que aparece en la fotografía.
Con el nombre a fin de cuentas uno hacía lo que le daba la gana: codificarlo,
registrarlo, asegurarlo en la empresa de Charles Ives, tomarle dos veces la
temperatura al día… Vladimir Horowitz se pasó de la raya cuando a finales de
1940 (36 años) puso este anuncio en The New York Times: «Se busca
compañero de viaje y secretario para uno de los más grandes artistas del
mundo. Mandar currículum y foto». Picó un estudiante de veintiún años, que
tras firmar un contrato por veinte dólares a la semana, acompañó al pianista
en sus giras hasta 1942. Más precoz que todos ellos fue Isaac Albéniz en lo
de promocionarse, algo de lo que a los diez años sabía mucho más que Von
Bülow con cincuenta. Esa edad fue a la que se escapó de casa el de
Compodrón para dar conciertos por media España y sobrevivir con lo que
buenamente le pagaban. Su único equipaje era un álbum donde iba pegando
los recortes de las crónicas periodísticas que se publicaban allí donde tocaba,
tendiéndolos a sus admiradores para que escribieran en ellos todo tipo de
elogios. Otro experto en dar a su nombre el lustre que merecía era
Paderewski, un tiburón en cuestiones de promoción personal. Sus múltiples
giras por Estados Unidos le convirtieron en un icono para los americanos, si
bien mantener en alto esas espadas costaba lo suyo, en concreto doscientos
dólares por viaje, que era la propina que dejaba a los taxistas, ninguna
bagatela a finales del siglo XIX…
Nada más alejada esa consideración hacia sí mismo que la desconsideración
hacia los demás del temperamental Hans von Bülow, el enemigo número uno
de las primeras filas de los patios de butacas. El pianista solía enfocar sus
recitales y conciertos como una especie de disciplina a infligir a los
espectadores, a los que aborrecía, fueran los de platea o los de gallinero,
hasta el punto de ser usual que apartara la vista del piano mientras tocaba
359
Preparado por Patricio Barros