Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 330
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
1901 (44 años), pero ya hubieran querido para sí muchos otros la génesis de
aquel alboroto, porque lo que el público estaba demostrando, enajenado por
la emoción, era su aceptación incondicional de lo que escuchaban. Así lo
cuenta Elgar en su Autobiografía: «La gente sencillamente se puso de pie y
aulló. Tuve que ejecutarla nuevamente, con el mismo resultado; en realidad
se negaron a permitirme que continuase el programa. Sólo para restablecer
el orden ejecuté por tercera vez la pieza. No mucho más tarde el rey
Eduardo VII sugirió que se pusiese letra a la melodía, y así se hizo, con el
título de El país de la esperanza y la gloria».
Decía Nietzsche en Así hablaba Zaratrusta que «es preciso tener todavía caos
dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina». En esta frase se
dicen muchas cosas con muy pocas palabras: la univalencia de la tenencia, la
polivalencia del caos, el hecho del alumbramiento, la paternidad de una
estrella, el embrión de un hecho diferencial y el concepto de danza como
sublimación del movimiento, de la evolución, de la lucha contra el retraso, en
definitiva. Todo eso estaba también en cada estreno, pero en unos estrenos
que no se ceñían a simples audiciones, sino a experimentaciones con una
totalidad musical que no se entendía si al mismo tiempo no se entendían
todas sus partes, de ahí que siempre existiera una contraposición de
fragmentaciones: la del publico con el autor y la del autor con su obra. El
público al final se quedaba donde estaba, había cruzado con seguridad por
un paso de peatones desde la expectación hasta el repudio y nada cambiaba.
Pero la travesía del músico era completamente distinta, porque, salvo
excepciones, la hacía a bordo de lágrimas e inseguridad. El regreso al punto
de salida suponía una merma de facultades y una rebelión de las fuerzas, ya
que pasaba de un golpe de puños contra el pecho a un golpe de puños sobre
la mesa. Era la conversión de un acto de autoafirmación en un entreacto de
desesperación. La función continuaba, pero ya no era lo mismo. El segundo
plato estaba servido y no era plato de gusto, sino el más insípido: la
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Preparado por Patricio Barros