Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 216

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron accidentes de automóvil, ni se les muere la mitad de la prole, ni sufren repentina muerte no bien terminan su casa, como reza un proverbio árabe. Los músicos, como los héroes de la mitología mesopotámica, gozaban de un tercio humano y de dos divinos, aunque según el día podía darse esa proporción al revés, e incluso dejar el divino en la mejor parte del día, rayando el alba, quedándose en el poso del café. Entre el café de un día y el del siguiente los angeles no solían probar la hiel, pero los músicos tenían jornadas de bañarse en ella, como si fueran las agua del Leteo, donde los griegos de la mitología antigua se sumergían para olvidar… Señales (invisibles) de tráfico En otra parte del libro veremos el amor que los músicos tenían a las cuatro ruedas y a las descargas de adrenalina generadas por velocidades de sesenta kilómetros por hora, media que alcanzaban los primeros modelos lanzados al mercado, que llenaron de pánico las calles en los primeros y… ¡mutilados años del siglo XX! En 1908 Henry Ford produjo su modelo T; en 1919 André Citroën lanzaba los suyos al mercado; Ferdinand Porsche aceleró sus modelos hasta los cien kilómetros por hora a finales de los años treinta; Louis Renault cruzó del siglo XIX al XX con un vehículo dotado de 1,75 CV, mientras que Armand Peugeot llegó con el suyo a 2 CV en el año 1891, alcanzando una velocidad de dieciocho kilómetros por hora; el primer Fiat vio la luz en 1900 a una velocidad que se quedaba muy lejos de la de la luz: cincuenta kilómetros por hora. Con esto nos hacemos una idea de que cuando los jóvenes Rubinstein, Rachmaninov, Puccini o Prokófiev llegaban tarde a sus estrenos no llamaban a palmadas a una diligencia, sino que orientaban sus necesidades por el ruido de motores en las calles aledañas. De ahí a pilotar sus propios modelos no hubo más que un paso, en algunos casos un estreno, con cuyos rendimientos se pagaban la ilustre máquina, dada la fiebre que muchos padecían por hacerse con aquella señal de identidad clasista, sólo que la permanente distracción al volante por el azote 216 Preparado por Patricio Barros