Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 173
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
por Goethe, quien dividía en heptenios su actividad creadora, quedando por
medio una especie de barbecho que daba para alumbrar versos cojos y poco
más. Pero Falla, para su desgracia, predijo su propia muerte al situarla en el
décimo heptenio. Seguro que su obediencia a cualquier mandato bíblico le
había obligado a ser supersticioso y cuando se topó con el Salmo 90 sólo
deseó que en la imprenta hubieran errado las planchas de los números:
«La duración de nuestros años es de setenta,
y ochenta en los más robustos;
pero en su mayor parte no son más que penas y vaciedad,
porque pasan veloces, y volamos».
Y así fue; Falla voló nueve días antes de cumplir los setenta. El mismo
pálpito tuvo la soprano María Malibrán cuando se enteró de que el inmortal
Bellini había muerto inexplicablemente el 23 de septiembre de 1835 a los
treinta y tres años, desobedeciendo así las consignas de los dioses de
multiplicarse y llenar la tierra con sus obras. La Malibrán se llevó una mano a
la frente y exclamó: «Sento que non tarderò molto a seguirlo». Creo que no
necesita traducción. El pronóstico fue bueno porque justo un año después, el
23 de septiembre de 1836, cansada de repetir las ya existentes, lo siguió en
busca de nuevas arias… También al recurrente Manuel de Falla le aterraban
esas coincidencias, invitándole a buscar los tres pies al gato en lugar de
dejarle con los que tenía, de por sí suficientes. Siempre le obsesionó que
Isaac Albéniz hubiera muerto justo dos años después de haberle conocido,
como también que su hija Enriqueta Albéniz hubiera seguido el mismo
camino a los cuarenta y dos años, dos meses después de su primer y único
encuentro. La suma de ambas desapariciones arrojaba la fatal sensación de
que, sin usar más arma que la del cariño, había desmembrado a la mitad de
la familia Albéniz. Las supersticiones de Vladimir Horowitz no eran de este
mundo, sino del otro, en el que habitaba su fiel sombra, la de Franz Liszt, a
quien él había adoptado y alimentaba antes de cada concierto, enmarcando
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Preparado por Patricio Barros