Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Seite 164
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
qué preocuparse por la muerte? Mientras nosotros somos ella no es, y en
cuanto es ya no somos». Interiorizar esta falsa paradoja ya debería hacernos
sumamente felices, pues lo que tiene de inocente lo tiene de acertado. Pero,
¿cómo
impostarla
a
los
músicos?
Estos
eran
seres
tremendamente
enrevesados, y además no habían venido al mundo para morirse jóvenes,
sino para descalcificar los trilobites del cuaternario; en definitiva: para
practicar
el
ejercicio
de
la
eternidad.
Beethoven
era
uno
de
los
conquistadores de ese ejercicio, y sin duda sobrevivirá en el tiempo a
muchos de los fósiles que hoy conocemos, pero, a pesar de tener la cabeza
llena de música, no era capaz de asignar el mismo plan creador a sus dos
hemisferios cerebrales. El derecho le llevaba por la calle de la fama, pero el
izquierdo le traía por la calle de la amargura, y es que le pasaba lo que a
Próspero, el personaje de Shakespeare en La tempestad, cuando anunciaba
que se retiraría a Milán y consagraría a la muerte uno de cada tres
pensamientos. En el invierno de 1817, diez años antes de su muerte, escribía
a su amiga Nanette del Río: «Sólo os digo que voy mejor, aunque esta noche
haya pensado en mi muerte, pero estos pensamientos no son raros en mí ni
aún durante el día». Schumann vino al mundo con la esquizofrenia codificada
en sus genes, así que era lícito su juvenil temor cuando se desahogaba con
su hermano Julius por carta del 5 de septiembre de 1831:
Mi querido hermano: he de confesarte mi penoso, casi infantil
terror al cólera, y el miedo de que un repentino ataque ponga
fin a mi existencia. El pensamiento de morirme ahora, a los
veinte años, antes de no haber hecho otra cosa más que
gastar dinero, me vuelve loco.
Dos años después la cosa empeoró con la muerte de su cuñada (esposa de
su hermano Karl) y de su hermano favorito, el propio Julius, lo que le llevó a
escribir a su madre:
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Preparado por Patricio Barros