Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 114

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron Debussy esa gestación podía llevarle muchas horas. Su pianista fetiche, Marguerite Long, cuenta como en una ocasión que fue de visita a su casa para preparar un recital con sus obras se lo encontró en medio del salón, espetándole en cuanto la vio: «¿Se da cuenta?». La pianista se sobresaltó. No sabía a qué venía la parca advertencia, de manera que le pidió alguna aclaración, que ni en un millón de conjeturas la Long hubiera adivinado: «¿Usted sabe que el do sostenido debe interpretarse piano? Estuve pensando en ello toda la noche». Se refería al Mouvement, la tercera pieza del primer cuaderno de Images… Está visto que la orfandad de los músicos no era quedarse sin padres; era quedarse sin oído. En la vida de los músicos la parábola del hijo pródigo no finalizaba con el vástago regresando a casa del padre, sino los sonidos al laberinto auditivo del hijo, donde la música pudiera desenvolverse con la autoridad del Minotauro. Si el santo y seña para el concertino de una orquesta es el la, no quiero pensar la bandada de ángeles convertidos en señales que hubiera necesitado Beethoven para distinguir la primera nota de la segunda en su Novena sinfonía y echarlas a rodar contra la tercera y la tercera contra la cuarta en un dominó gigantesco obediente sólo a las reglas de una intuición musical gigantesca. Distinguir diez notas al unísono en un solo acorde quizá sea una proeza, pero no más que la de distinguir como distingue una madre entre miles de olores el de su hijo pequeño. El sistema límbico del cerebro es una caja de sorpresas donde una vez habitó Pandora, sin males que la contuvieran, porque en la cavidad craneal de los compositores era una inofensiva caja musical. El oído absoluto no era en ellos más que el gusto absoluto, la visión absoluta, el tacto absoluto y, en fin, la exasperación de los sentidos en una miscelánea que les hacía poseedores de sinestesias sin necesidad de distinguir ni reconocer los colores. La sinestesia del oído aún no ha sido advertida por los biólogos; pero yo tardo en sentirla lo que tardo en extraer de mi estantería y colocar en la bandeja del compacto uno de esos brillantes planetas ultraplanos que para 114 Preparado por Patricio Barros