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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
Debussy esa gestación podía llevarle muchas horas. Su pianista fetiche,
Marguerite Long, cuenta como en una ocasión que fue de visita a su casa
para preparar un recital con sus obras se lo encontró en medio del salón,
espetándole en cuanto la vio: «¿Se da cuenta?». La pianista se sobresaltó.
No sabía a qué venía la parca advertencia, de manera que le pidió alguna
aclaración, que ni en un millón de conjeturas la Long hubiera adivinado:
«¿Usted sabe que el do sostenido debe interpretarse piano? Estuve pensando
en ello toda la noche». Se refería al Mouvement, la tercera pieza del primer
cuaderno de Images…
Está visto que la orfandad de los músicos no era quedarse sin padres; era
quedarse sin oído. En la vida de los músicos la parábola del hijo pródigo no
finalizaba con el vástago regresando a casa del padre, sino los sonidos al
laberinto auditivo del hijo, donde la música pudiera desenvolverse con la
autoridad del Minotauro. Si el santo y seña para el concertino de una
orquesta es el la, no quiero pensar la bandada de ángeles convertidos en
señales que hubiera necesitado Beethoven para distinguir la primera nota de
la segunda en su Novena sinfonía y echarlas a rodar contra la tercera y la
tercera contra la cuarta en un dominó gigantesco obediente sólo a las reglas
de una intuición musical gigantesca. Distinguir diez notas al unísono en un
solo acorde quizá sea una proeza, pero no más que la de distinguir como
distingue una madre entre miles de olores el de su hijo pequeño. El sistema
límbico del cerebro es una caja de sorpresas donde una vez habitó Pandora,
sin males que la contuvieran, porque en la cavidad craneal de los
compositores era una inofensiva caja musical. El oído absoluto no era en
ellos más que el gusto absoluto, la visión absoluta, el tacto absoluto y, en
fin, la exasperación de los sentidos en una miscelánea que les hacía
poseedores de sinestesias sin necesidad de distinguir ni reconocer los
colores. La sinestesia del oído aún no ha sido advertida por los biólogos; pero
yo tardo en sentirla lo que tardo en extraer de mi estantería y colocar en la
bandeja del compacto uno de esos brillantes planetas ultraplanos que para
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Preparado por Patricio Barros