Cada vez comemos más solos y más distraídos, y la ciencia empieza a medir el precio de esa combinación. Comer se ha convertido, para muchos, en un acto individual y fragmentado. En grandes ciudades como Madrid o Barcelona, hasta cuatro de cada diez trabajadores comen solos entre semana, y el móvil se ha instalado como comensal fijo en la mesa: está presente en casi la mitad de las comidas entre semana y en más de la mitad los fines de semana, según datos recientes.
El“ secuestro” de la saciedad
El problema no es solo social, sino fisiológico. Mirar la pantalla mientras se come activa lo que los investigadores llaman mindless eating o alimentación inconsciente: el cerebro deja de registrar con claridad las señales de hambre y saciedad. El resultado, documentado en distintos estudios, es un aumento de la ingesta calórica que según los casos ronda entre el 15 % y el 30 % respecto a comer sin distracciones.
Menos placer, más estrés
Más allá de las calorías, el móvil también altera la experiencia emocional de comer. Investigaciones recientes muestran que su presencia en la mesa reduce notablemente el disfrute de la comida y eleva los niveles de estrés, hasta el punto de que comer acompañado del teléfono puede generar una experiencia emocional más negativa que comer completamente solo. Los jóvenes de entre 19 y 35 años parecen especialmente sensibles a este efecto.
El riesgo también es a largo plazo
Comer solo, con o sin pantalla, se ha asociado además con un mayor riesgo de sobrepeso: estudios citados por especialistas en nutrición señalan incrementos de hasta un 45 % en hombres y 29 % en mujeres, cifras que suben cuando la comida se realiza frente al televisor. Los expertos coinciden en un mensaje sencillo: no importa solo qué se come, sino con quién y con cuánta atención.
12 septiembre 2026. HealthExperts