El espacio necesario se redujo en más del 90 %: de 29,000 pies cuadrados a apenas 1,700. El costo de construcción bajó entre 35 y 70 millones de dólares por instalación. Y hay un beneficio clínico inesperado: los pacientes en posición vertical mueven menos sus órganos internos, lo que hace el tratamiento más preciso.
La compañía tiene una cartera de pedidos de 85 millones de dólares y proyecta ingresos de 200 millones en los próximos tres o cuatro años.
Para México, donde los centros de terapia de protones son prácticamente inexistentes, la promesa es concreta: una tecnología que antes exigía infraestructura hospitalaria de primer mundo ahora puede caber en una sala grande de un solo piso.
A veces, la innovación más poderosa no es más grande. Es la que cabe en una silla.
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