Entré al local. Salté por el muñeco, estaba desesperada por jugar con él. Pero algo me detuvo: un pequeño muñeco de un hombre montado en una bicicleta irónicamente pequeña para el tamaño de su cuerpo se había caído, y, pedaleando, chocó con mi pie. Lo aparté, y cuando volví a ver al muñeco que buscaba, ya no estaba. Se había transportado hasta un pequeño estante. No pensaba rendirme. Mi persistencia no lo permitía. Pegué un salto estratosférico hasta el muñeco y, al tocarlo, empecé a sentirme pequeña. Aparecí en el estante y ya no podía moverme. Mi alma se había transferido al muñeco. Me habían engañado. De reojo, vi cómo otro muñeco aparecía en la vitrina, y una niña igual que él se puso a observarlo.
AGUSTÍN TORRACA
Ilustración realizada por Agustín Torraca, el autor del cuento.