33 abierta sobre su orientación sexual, cuando el señor Ex Ministro de Turismo, Wilhelm Von Breyman, desfiló con su pareja de vida en el traspaso de poderes del actual Gobierno, no se les acabó el mundo ni se les cerraron las puertas. ¿ Por qué entonces, con pocas excepciones, no existimos en ese diálogo democrático?
Como nuestros conciudadanos heterosexuales, no todos tenemos o deseamos una vida de servicio público. Pero claramente la proporcionalidad no es la misma al de nuestras contrapartes heterosexuales. Este techo de vidrio, si bien no necesariamente representa una disparidad salarial documentada, visibiliza lo mucho que tenemos que avanzar en el tema. El oficio público aún está relativamente condicionado a una sociedad heteronormativa. Se nos permite un tope, salvo airadas excepciones.
Pero más allá del tope que“ se nos permite”, creo que nosotros mismos no nos empujamos en estas esferas. No creo en la autoflagelación abanderada de discriminación. Creo que somos nosotros mismos los que debemos empujar la aguja. Somos nosotros mismos quienes, de una u otra forma, tenemos que apropiarnos y visibilizarnos.
Creo que muchos de nosotros, víctimas de una sociedad anacrónica, nos acostumbramos a sobrevivir estando por debajo del radar. Nuestro silencio sobre nuestra“ condición”, era sine qua non con nuestra posibilidad de sobrevivir en los pasillos del colegio o de salir adelante en ambientes profesionales. Sino pretendíamos ser heterosexuales, nos habituamos a ese silencio apabullante de no reconocernos. Y este comportamiento lo repetimos conforme transcurre el tiempo.
En días recientes, participé en un concurso de liderazgo centroamericano donde a priori dije que era abiertamente gay y que si eso era un problema para seguir adelante en el proceso de selección, no me interesaba. Y no lo dije porque sienta que tengo que hacer alarde de mi homosexualidad, lo hago porque es una parte intrínseca de quien soy, de mi experiencia como habitante de esta tierra, región y país. Lo dije porque sabía que otros ganadores de dicho concurso y líderes centroamericanos permanecían enclosetados. Ser líder en la esfera pública pareciera no ser compatible con ser una persona LGTBI. Lo dije porque, a diferencia de una persona de color, inmigrante o de algún credo, mi diversidad no es particularmente visible, como diría Justo Orozco.
En Canadá, uno de mis amigos lideraba junto con su pareja una plataforma llamada Proud Politics( Orgullo en la Política) que pretendía visibilizar a candidatos u oficiales electos abiertamente LGTBI. Por un lado, la plataforma permitía que la comunidad pudiera verse reflejada a través de sus gobernantes, que la sociedad canadiense en general conociera los aportes históricos y presentes de la comunidad LGTBI a la sociedad y que las provincias y partidos buscaran algún tipo de representatividad de la comunidad LGTBI a la hora de definir la misma política pública. Interesante que a la comunidad LGBTI se nos reconociera más allá de nuestra orientación: un esfuerzo humanizador.
Creo que la comunidad LGBTI tiene una condición única para aportar al diálogo nacional, local o comunal. Nuestra identidad y orientación sexual tiene el potencial de generar empatía con otros grupos civiles que son invisibilizados, que no tienen voz y que al igual que nosotros necesitan aliados. Tenemos la responsabilidad de inspirar a pequeños y jóvenes a que aspiren a ser quienes quieran en el ámbito público o privado.