LECTURAS COMPLEMENTARIAS
El menor de la calle generalmente se levanta de su lugar de dormitorio -una acera en
cualquier rincón de la ciudad- y orienta su recorrido por la necesidad inmediata de
consumir sacol o algún alimento, se desplaza así hacia la Avenida Oriental, el Parque
de Bolívar, Cambalache o a uno de los Patios –Don Bosco o Bosconia– a esperar el
momento del ingreso para satisfacer alguna de sus necesidades. Allí puede ser niño,
disfrutar de un buen baño, lavar su ropa, comer, jugar fútbol, nadar y compartir con
otros menores que se constituyen en su familia ocasional.
Cuando culminan las actividades del patio, el menor asume un rol de adulto, se viste
de "hombre" para enfrentar de nuevo la calle. Se dirige a lugares como la Avenida
Oriental, La Playa o la calle de los Teatros a "retacar", a la Veracruz a "soplar bolsillos",
al Parque de Bolívar o a Junín a pedir "chute", o a Cambalache a conseguir "sacol,
ruedas, basuco o perico". Estas actividades diurnas las realiza mimetizándose e
interactuando con otros sujetos sociales que trabajan o deambulan por las calles.
Cuando llega la noche emerge otra ciudad, la ciudad-calle, signada por el consumo de
"drogas", pobreza y dominio de la "Ley del más fuerte". Estos menores se dirigen
ahora hacia ese pedazo de lo público que les permite improvisar –en medio del "vuelo"
que les produce el consumo de psicoactivos– una casa, una cancha, una fortaleza, o
un refugio; con sus compañeros arma el parche y/o la camada y comparte afectos y
agresiones; habita la calle y la defiende a "capa y espada"; enfrenta la oscuridad con
todas sus dificultades: para algunos la noche es la cómplice perfecta para el raponeo,
el consumo de psicoactivos, para ocultarse de los enemigos o p ara reconocer su
cuerpo y el de algún compañero o compañera; para otros, la noche es la tortura, el
peligro que acecha, el dolor, el temor, la violencia e incluso la muerte.
La noche favorece también algunas vivencias de los menores durante la misma, la
ciudad se amplía para ellos, hay menos obstáculos y menos usuarios, y eso les
permite mayor "libertad" de desplazamiento y acción. Gran parte de la noche los
muchachos deambulan por distintos sectores del centro, en procura de la alimentación
y recreación que les ofrecen algunas instituciones como las que se ubican en Sucre
entre La Playa y Maracaibo. Caminan sintiendo suyas esas calles, consumiendo
psicoactivos, jugando, siendo ellos mismos.
Los menores de la calle no tienen horas fijas para dormir y soñar, éstas dependen del
cansancio, agotamiento físico, aburrido o peligroso que resulten las actividades que
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