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Juan Muñoz Martín
Fray Perico y su borrico
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Fray Cucufate
Fray Perico, al día siguiente, dejó la cocina y se fue tan contento a dar vueltas a
la chocolatera. Era un caldero muy grande lleno de chocolate. Fray Perico tomó
el molinillo. Una vuelta, dos vueltas, tres vueltas, cien vueltas, ¡cataplum!,
perdió el equilibrio y se cayó de cabeza dentro. Cuando fray Cucufate llegó no
vio a fray Perico y gritó:
-Fray Perico, ¿dónde estás?
-¡Aquí, en el caldero! ¡Sácame que me ahogo!
Fray Cucufate le sacó con el cucharón, le apretó un poquito y a fray Perico le
salió chocolate por las orejas. Todos los frailes se enfadaron mucho y le tuvieron
que poner a remojo en una tinaja de agua caliente.
Otro día se le acabó el azúcar a fray Cucufate y mandó a fray Perico por un
saco a la cocina. Como fray Perico no sabía leer se confundió con el saco de la
sal, lo cargó en sus costillas y lo echó en el chocolate. Fray Cucufate le dio bien
de vueltas, probó con el cucharón y por poco le dio un patatús.
Fray Cucufate, con lágrimas en los ojos, tuvo que tirarlo a las gallinas, que se
pasaron cinco días poniendo huevos de chocolate. Fray Perico no daba una en el
clavo, y fray Cucufate ya estaba hasta la coronilla de él. Lo peor fue otra vez que
le mandó echar avellanas en el caldero, y fray Perico las echó con cáscara y
todo. El pobre fray Cucufate probó una onza, se rompió un diente y puso a fray
Perico en la puerta:
-¡Vete a la iglesia y bárrela, que mañana es fiesta!
Fray Perico fue a la iglesia y empezó a barrerla. De pronto se oyó un disparo
a lo lejos. Una paloma herida entró por la ventana y fue a refugiarse en los
brazos de San Francisco. En esto llegó un cazador dando zapatazos y, viéndola,
dijo:
-Hermano, esa paloma es mía y me la voy a llevar.
Fray Perico asió la escoba y echó al hombre fuera a escobazos. Luego, fray
Perico llevó la paloma a la enfermería y la curó con yodo y esparadrapo. La
paloma, así que estuvo curada, voló a refugiarse en los brazos de San Francisco.
De allí no volvió a moverse si no era para posarse en los hombros de fray
Perico.
Una tarde entró un moscón en la iglesia y picó a San Francisco en la nariz.
Fray Perico se lió a escobazos y rompió dos jarrones. El hermano Balandrán, el
sacristán, le echó de la iglesia y cerró la puerta. Fray Perico se fue donde estaba
fray Ezequiel y le dijo:
-¿Quieres que te ayude?
-Sí, lleva este cubo y da de beber a las ovejas.
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