FRAY PERICO Y SU BORRICO FrayPericoYSuBorrico | Page 23
Juan Muñoz Martín
Fray Perico y su borrico
-¿Qué, fray Perico?
-¿No podrías ponerle el pelo blanco al borrico?
San Francisco se sonrió y le mandó traer un cubo de agua del pozo. San
Francisco roció al borrico y el borrico fue tomando un color blanco blanco, como
la nieve de una montaña. Luego empezó en seguida a comer paja.
-Ahora habrá que buscar el dinero -dijo fray Perico.
-Pues yo no tengo nada -respondió San Francisco.
-¿No tienes nada en el cepillo?
-Poco será. Toma la llave y mira.
Volvieron a la iglesia y miraron. Sólo había quince reales, y fray Perico quedó
muy apenado.
-¿De dónde sacaré yo los quince reales que faltan?
-No te apures. Yo tengo mi anillo de oro.
-¿Cuál?
-El que me regalaron los del pueblo cuando los salvé de la peste.
-¡Es verdad!
-Podrías empeñarlo en casa del señor Hildebrando, el usurero -dijo San
Francisco.
En esto se oyeron las pisadas de los frailes. Fray Perico tomó el anillo y salió
corriendo a casa del usurero. Vivía éste en una buhardilla miserable.
-¡Qué mal huele! -dijo fray Perico.
Le encontró contando su dinero en un rincón.
Un baúl abierto, un candil en el suelo y muchas telarañas fue lo primero que
vio fray Perico.
-¡Dios le guarde, señor Hildebrando! -dijo fray Perico.
El avaro guardó apresuradamente el dinero en el baúl, lo cerró y se sentó
encima mirando a fray Perico con sus pequeños ojos de araña.
-¿Qué quieres? ¿Vienes a robarme?
-Vengo a pedirle quince reales.
El viejo dio un salto, abrazó el baúl con sus largos brazos y se puso blanco,
luego amarillo y al final verde. Sus piernas temblaban y los dientes le
castañeteaban:
-¡No, no, no! Ya sabes que soy muy pobre, muy pobre.
-Traigo un anillo de oro en prenda.
Entonces el avaro dio un brinco, como un saltamontes, y arrebató el anillo a
fray Perico.
-¡Zambomba! -gritó el anciano, sacándole brillo con el gorro de dormir.
Luego lo mordió para ver si era bueno y lo olió con su larga nariz.
-¡Es de oro! ¡Es de oro!
Luego abrió el baúl carcomido, sacó un calcetín de lana y contó quince reales
varias veces:
-Uno, dos, tres, cuatro...
-¡Qué bueno es usted, señor Hildebrando!
-¡Bah! Me gusta hacer el bien... Cinco, seis, siete, ocho, nueve...
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