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Juan Muñoz Martín
Fray Perico y su borrico
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Las vacas sin cola
Fray Perico tenía el corazón de manteca. Estaba fray Pirulero enfermo. Llevaba
un mes en la cama y daba una lata tremenda.
-Fray Perico, tráeme la botella, tráeme la almohada, tráeme la cataplasma,
llévate este plato...
Le dolía todo: la cabeza, los pies, las manos, el riñón, el corazón, la nariz, las
orejas, los dedos... Por la noche, fray Pirulero no podía dormir si fray Perico no
le contaba un cuento. Una noche se despertó y dijo:
-Yo estoy muy malo. Sólo me puedo curar con una cosa.
-¿Con qué?
-Con una sopa de rabo de vaca.
Fray Perico no lo pensó un momento. Por la mañana tomó un cuchillo, abrió
la puerta y se fue al monte. Vio unas vacas pastando, se acercó de puntillas y,
¡zis, zas!, les cortó la cola. Las dos vacas salieron corriendo detrás de fray Perico,
bufando y resoplando. Fray Perico corría cuesta abajo camino del convento.
Fray Cipriano, el hortelano, venía cantando por el camino con un cesto de
tomates, tiró los tomates y salió de estampía. Fray Sisebuto estaba encendiendo
la fragua, dio un brinco y subió por la chimenea. Fray Olegario, el viejecito,
paseaba con su bastón, tiró el bastón y se subió a un árbol. Los demás frailes
paseaban tranquilamente delante de la puerta del convento leyendo un libro,
dejaron los libros y se subieron al campanario.
Fray Perico llegó al convento, dio un salto y se metió por la ventana de la
cocina. Las vacas dieron otro salto y se metieron detrás. ¡Qué susto se dio fray
Pirulero, que estaba haciendo una tortilla en la sartén! Lanzó la tortilla al aire y
se pegó en el techo. Fray Pirulero dio un brinco y se metió en la carbonera con
sartén y todo. El gato, al ver lo que se le venía encima, dio un bufido y
desapareció. Siguió fray Perico corriendo por el claustro y salió al campo por
otra puerta. A toda prisa la cerró. Llegaron las vacas y se llevaron las puertas
por delante, haciéndolas astillas. Finalmente se perdieron en el horizonte entre
una nube de polvo. En esto llegó el pastor, enfurecido, y empezó a romper
cristales y a llamar ladrones a los frailes.
-¡Irán todos a la cárcel! -gritó a lo lejos.
Cuando llegó fray Perico, todo lleno de rotos, le regañaron mucho y le
mandaron que pidiera perdón al pastor y a las vacas. Fray Perico se puso de
rodillas delante del pastor y éste empezó a darle patadas. Fray Perico le
animaba diciendo:
-Pégame más. Lo he merecido.
Al fin, el pastor se aplacó al ver la humildad de fray Perico y le dio un
abrazo. El fraile se acercó a las vacas, les dio un beso en los morros y se fue al
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