ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 98
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
estruendo, dispersando llamaradas por todas partes, los ciegos se precipitaron hacia la tapia
gritando, algunos no lo consiguieron, se quedaron dentro, aplastados contra las paredes,
otros fueron pisoteados hasta convertirse en una masa informe y sanguinolenta, el fuego
que se extendía rápidamente, hará ceniza de todo esto. El portón está abierto de par en par.
Los locos salen.
Le dices a un ciego, Estás libre, le abres la puerta que lo separaba del mundo, Vete,
estás libre, volvemos a decirle, y no se va, se queda allí parado en medio de la calle, él y
los otros, están asustados, no saben adónde ir, y es que no hay comparación entre vivir en
un laberinto racional, como es, por definición, un manicomio, y aventurarse, sin mano de
guía ni traílla de perro, en el laberinto enloquecido de la ciudad, donde de nada va a servir
la memoria, pues sólo será capaz de mostrar la imagen de los lugares y no los caminos para
llegar. Apostados ante el edificio, que arde de un extremo al otro, los ciegos sienten en la
cara las olas vivas del calor del incendio, las reciben como algo que en cierto modo los
resguarda, como antes habían sido las paredes, prisión y seguridad al mismo tiempo. Se
mantienen juntos, apretados, como un rebaño, ninguno quiere ser la oveja perdida, porque
de antemano saben que no habrá pastor para buscarlos. El fuego va decreciendo
lentamente, la luna ilumina otra vez, los ciegos comienzan a inquietarse, no pueden
continuar allí, Eternamente, dijo uno. Alguien preguntó si era de día o de noche, la razón
de aquella incongruente curiosidad se supo enseguida, Quién sabe si nos traerán comida,
puede que hubiera una confusión, un retraso, otras veces pasó, Pero aquí no hay soldados,
Eso no tiene nada que ver, puede que se hayan ido porque ya no son necesarios, No
entiendo, Por ejemplo, porque se ha acabado la epidemia, O porque se ha descubierto el
Página 98 de 148