ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 80
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
ojos resplandecían inútilmente. Él se levantó con lentitud, buscando apoyo, luego se quedó
parado al lado de la cama, indeciso, como si de pronto hubiese perdido la noción del lugar
donde se hallaba, entonces ella, como siempre hiciera, lo cogió de un brazo, pero ahora el
gesto tenía un sentido nuevo, nunca él había necesitado tanto que lo guiasen como en este
momento, pero no podría saber hasta qué punto, sólo las dos mujeres lo supieron realmente
cuando la mujer del médico tocó con la otra mano el rostro de la chica y ella se la tomó
para llevársela a los labios. Le pareció al médico que oía llorar, un sonido casi inaudible,
como sólo puede ser el de unas lágrimas que se van deslizando lentamente hasta las
comisuras de la boca y ahí desaparecen para reanudar el ciclo eterno de los inexplicables
dolores y alegrías humanas. La chica de las gafas oscuras iba a quedarse sola, ella era
quien debía ser consolada, por eso la mano de la mujer del médico tardó tanto en
desprenderse.
Al día siguiente, a la hora de la cena, si unos míseros mendrugos de pan duro y
carne podre merecen tal nombre, aparecieron en la puerta de la sala tres ciegos del otro
lado, Cuántas mujeres hay aquí, preguntó uno, Seis, respondió la mujer del médico con la
buena intención de dejar fuera a la ciega de los insomnios, pero ella enmendó con voz
apagada, Somos siete. Los ciegos se echaron a reír, Bueno, bueno, entonces vais a tener
que trabajar mucho esta noche, y el otro sugirió, Quizá sería mejor ir a buscar refuerzos a
la sala siguiente, No vale la pena, dijo el tercer ciego, que sabía aritmética, prácticamente
tocan a tres hombres por cada mujer, ya verás cómo ellas aguantan. Se rieron otra vez, y el
que había preguntado cuántas mujeres había, dio la orden, Venga, vamos, eso si queréis co-
mer mañana y dar de mamar a vuestros hombres. Decían estas palabras en todas las salas,
pero continuaban divirtiéndose tanto con la gracia como el día que la inventaron. Se
retorcían de risa, pateaban, batían en el suelo con los garrotes, uno de ellos avisó
súbitamente, Eh, si alguna está con sangre, no la queremos, será para la próxima, Ninguna
está con sangre, dijo serenamente la mujer del médico, Entonces, preparaos, y no tardéis,
que estamos esperando. Se volvieron y desaparecieron en el pasillo. La sala quedó en
silencio, un minuto después dijo la mujer del primer ciego, No puedo seguir comiendo,
casi no era nada lo que tenía en la mano y no conseguía comer, Ni yo, dijo la ciega de los
insomnios, Ni yo, dijo aquella que no sabían quién era, Yo ya he acabado, dijo la camarera
de hotel, también, dijo la empleada del consultorio, Yo vomitaré en la cara del primero que
se acerque a mí, dijo la chica de las gafas oscuras. Estaban todas levantadas, trémulas y
firmes. Entonces, la mujer del médico dijo, voy delante. El primer ciego se tapó la cabeza
con la manta, como si eso le sirviese de algo, ciego ya estaba, el médico atrajo hacia él a su
mujer y, sin hablar, le dio un rápido beso en la frente, qué más podía hacer él, a los otros
hombres tanto les daba, no tenían ni derechos ni obligaciones de marido sobre ninguna de
las mujeres que salían, por eso nadie podrá decirles, Cuerno consentidor es dos veces
cuerno. La chica de las gafas oscuras se colocó detrás de la mujer del médico, luego,
sucesivamente, la camarera de hotel, la empleada del consultorio, la mujer del primer
ciego, aquella de quien nada se sabe, y, al fin, la ciega de los insomnios, una fila grotesca
de mujeres malolientes, con las ropas inmundas y andrajosas, parece imposible que la
fuerza animal del sexo sea tan poderosa, hasta el punto de cegar el olfato, que es el más
delicado de los sentidos, siendo así que hay teólogos que dicen, aunque no con estas
exactas palabras, que la mayor dificultad para poder vivir razonablemente en el infierno es
el hedor que allí hay. Lentamente, guiadas por la mujer del médico, cada una con la mano
en el hombro la siguiente, las mujeres empezaron a caminar. Iban todas descalzas porque
no querían perder los zapatos en medio de las aflicciones y angustias por las que tendrían
que pasar. Cuando llegaron al zaguán de entrada, la mujer del médico se encaminó hacia la
puerta, querría saber si aún había mundo. Al sentir el frescor del aire, la camarera de hotel
recordó asustada, No podemos salir, los soldados están ahí fuera, y la ciega de los
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