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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
pregunta apenas resignada para la que no existía respuesta, como un desalentado
movimiento de cabeza, tanto así que la empleada del consultorio la repitió, Qué vamos a
hacer. La mujer del médico alzó los ojos hacia las tijeras colgadas de la pared, por la
expresión de ellos se diría que estaban haciéndole la misma pregunta, a no ser que
buscasen una respuesta a la pregunta que las tijeras devolvían, Qué quieres hacer conmigo.
No obstante, cada cosa llegará a su propio tiempo, no por mucho madrugar se
muere más temprano. Los ciegos de la sala tercera lado izquierdo son gente organizada, y
han decidido que empezarán por lo que tienen más cerca, por las mujeres de las salas de su
ala. La aplicación del método rotativo, palabra más que justa, presenta todas las ventajas y
ningún inconveniente, en primer lugar porque permitirá saber, en cualquier momento, lo
hecho y lo por hacer, es como mirar un reloj y decir del día que pasa, He vivido desde aquí
hasta aquí, me falta tanto o tan poco, en segundo lugar porque, cuando la rotación de las
salas esté terminada, el regreso al principio traerá una indiscutible brisa de novedad, sobre
todo para los de memoria sensorial más corta. Descansen pues las mujeres de las salas del
ala derecha, con el mal de mis vecinas yo puedo, palabras que ninguna pronunció pero que
todas pensaron, en verdad aún está por nacer el primer ser humano desprovisto de esa
segunda piel a la que llamamos egoísmo, mucho más dura que la otra, que por nada sangra.
Hay que decir todavía que estas mujeres descansan doblemente, así son los misterios del
alma humana, pues la amenaza, de todos modos próxima, de la humillación a que van a ser
sometidas, despertó y exacerbó, dentro de cada sala, apetitos sensuales que la convivencia
había debilitado, era como si los hombres estuviesen poniendo en las mujeres desesperada-
mente su marca antes de que se las llevasen, era como si las mujeres quisieran llenar la
memoria de sensaciones experimentadas voluntariamente para defenderse mejor de la
agresión de aquellas que, pudiendo ser, rechazarían. Es inevitable preguntar, tomando
como ejemplo la primera sala del lado derecho, cómo se resolvió la cuestión de la
diferencia de cantidades de hombres y mujeres, descontando incluso a los incapaces del
sexo masculino, que los hay, como debe de ser el caso del viejo de la venda negra en el ojo
y de otros, desconocidos, viejos o jóvenes, que por esto o por lo de más allá no dijeron ni
hicieron nada que interesara al relato. Se ha dicho que son siete las mujeres que hay en esta
sala, incluyendo la ciega de los insomnios y aquella que nadie sabe quién es, y que las
parejas normalmente constituidas sólo son dos, lo que da una desequilibrada cantidad de
hombres, el niño estrábico aún no cuenta. Acaso haya en otras salas más mujeres que
hombres, pero una regla no escrita, que el uso hizo nacer y convirtió luego en ley, manda
que todas las cuestiones se resuelvan dentro de las salas en que se hayan suscitado, a
ejemplo de lo que enseñaban los antiguos, cuya sabiduría nunca nos cansaremos de loar,
Fui a casa de la vecina, me avergoncé, volví a la mía, me remedié. Darán, pues, las mujeres
de la primera sala lado derecho remedio a las necesidades de los hombres que viven bajo
su mismo techo, con excepción de la mujer del médico, a la que, Dios sabe por qué, nadie
se atrevió a solicitar, con palabras o con la mano tendida. Ya la mujer del primer ciego,
después del paso al frente que había sido la abrupta respuesta al marido, hizo, aunque
discretamente, igual que las otras, como ella misma había advertido. Hay, sin embargo,
resistencias contra las cuales no pueden ni razón ni sentimiento, como el caso de la chica
de las gafas oscuras, a quien el dependiente de farmacia, por más que multiplicó los
argumentos, por más que se deshizo en súplicas, no consiguió rendir, pagando así la falta
de respeto que cometió al principio. Esta misma chica, entienda a las mujeres quien pueda,
que es la más bonita de todas las que aquí se encuentran, la de mejor cuerpo, la más
atractiva, la que todos desearon cuando corrió la voz de lo que valía, fue al fin, una de estas
noches, a meterse por su propia voluntad en la cama del viejo de la venda negra, que la
recibió como a lluvia de abril, y cumplió lo mejor que pudo, bastante bien para su edad,
quedando así demostrado, una vez más, que las apariencias engañan, y que no es por el
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