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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
El viejo del ojo vendado había entendido que su radio portátil, tanto por la
fragilidad de su estructura como por la información conocida sobre su tiempo de vida útil,
quedaba excluida de la lista de valores a entregar como pago de la comida, considerando
que el funcionamiento del aparato dependía, en primer lugar, de tener o no tener pilas
dentro, y, en segundo lugar, del tiempo que durasen. Por el sonido catarroso de la voz que
aún salía de la cajita, era evidente que no debía esperarse mucho de ella. Decidió, pues, el
viejo de la venda negra no repetir las audiciones públicas, pensando también que podían
aparecer por allí los ciegos de la tercera sala, lado izquierdo y tener una opinión diferente,
no por el valor material del aparato, prácticamente nulo a corto plazo, como quedó demos-
trado, sino por su valor de uso inmediato, que ése es sin duda altísimo, sin hablar ya de la
plausible posibilidad de que haya pilas donde, al menos, hay una pistola. Anunció el viejo
de la venda negra que oiría las noticias oculto bajo la manta, con la cabeza tapada, y que si
hubiera alguna novedad interesante, avisaría de inmediato. La chica de las gafas oscuras le
pidió que la dejase oír de vez en cuando un poquito de música, Sólo para no perder el
recuerdo, justificó, pero el viejo fue inflexible, argumentando que lo importante era saber
lo que estaba pasando fuera, que quien quisiera música la oyera dentro de su propia cabeza,
que para algo bueno nos ha de servir la memoria. Tenía razón el viejo de la venda negra, la
música de la radio rasguñaba como sólo es capaz de herir un mal recuerdo, y por eso la
mantenía en el mínimo volumen sonoro que le era posible, mientras llegaban las noticias.
Entonces avivaba un poco el sonido y apuraba el oído para no perder una sílaba. Luego,
con palabras suyas, resumía la información y la transmitía a los vecinos más próximos.
Así, de cama en cama, iban las noticias circulando por la sala, desfiguradas cada vez que
pasaban de un receptor al receptor siguiente, disminuida o agravada la importancia de las
informaciones, conforme al grado personal de optimismo o pesimismo propio de cada
emisor. Hasta que llegó el momento en que las palabras se callaron y el viejo de la venda
negra se encontró sin nada que decir. Y no fue porque la radio se hubiera averiado o se
agotaran las pilas, la experiencia de la vida y de las vidas cabalmente demuestra que al
tiempo no hay quien lo gobierne, parecía que este aparatito iba a durar poco, y alguien tuvo
que callarse antes que él. A lo largo de todo el primer día vivido bajo la garra de los ciegos
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