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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
saturación. No era sólo el olor fétido que llegaba de las letrinas en vaharadas, en
exhalaciones que daban ganas de vomitar, era también el hedor acumulado de doscientas
cincuenta personas, cuyos cuerpos, macerados en su propio sudor, no podían ni sabrían
lavarse, que vestían ropas cada día más inmundas, que dormían en camas donde no era raro
que hubiera deyecciones. De qué servían el jabón, las lejías, los detergentes por ahí
olvidados, si las duchas, muchas de ellas, estaban atascadas o rotas las cañerías, si los
desagües devolvían el agua sucia, que salía de los cuartos de baño impregnando la madera
del piso de los corredores, infiltrándose por las juntas de las tablas. En qué locura me voy a
meter, dudó entonces la mujer del médico, aunque no exigiesen que los sirviera, cosa que
podría suceder, yo misma no aguantaría sin ponerme a lavar, a limpiar, cuánto tiempo me
durarían las fuerzas, ése no es trabajo para una persona sola. Su valor, que antes le había
parecido tan firme, comenzaba a desmoronarse, a romperse en mil pedazos ante la realidad
abyecta que invadía sus narices y ofendía sus ojos, ahora que se presentaba el momento de
pasar de las palabras a los actos. Soy cobarde, murmuró exasperada, para eso más me
valdría estar ciega, no andaría con veleidades de misionera. Se habían levantado tres
ciegos, uno era el dependiente de farmacia, iban a tomar posiciones en el zaguán para
recoger la parte de comida que correspondía a la primera sala. Faltando los ojos, no se
podía decir que el reparto se hiciera a ojo, paquete más, paquete menos, al contrario, daba
pena ver cómo se equivocaban al contar y volvían al principio, alguno, más desconfiado,
quería saber exactamente lo que se llevaban los otros, siempre terminaban discutiendo,
algún empujón, un sopapo a ciegas, como tenía que ser. En la sala ya todos estaban
despiertos, dispuestos para recibir su parte, con la experiencia habían establecido un
sistema bastante cómodo de hacer la distribución, empezaban por llevar toda la comida
hasta el fondo de la sala, donde estaban los camastros del médico y de su mujer, y los de la
chica de las gafas oscuras y el chiquillo que llamaba a su madre, y allí la iban a buscar, dos
de cada vez, empezando por las camas más próximas a la entrada, uno derecha e izquierda,
dos derecha e izquierda, y así sucesivamente, sin enfados ni atropellos, se tardaba más, es
cierto, pero la tranquilidad compensaba la espera. Los primeros, es decir aquellos que
tenían la comida al alcance de la mano, eran los últimos en servirse, excepto el niño
estrábico, claro está, que siempre acababa de comer antes de que la chica de las gafas
oscuras recibiese su parte, de lo que resultaba que una porción que debía ser de ella
acababa invariablemente en el estómago del pequeño. Los ciegos estaban todos con la
cabeza vuelta hacia el lado de la puerta, esperando oír los pasos de los compañeros, el
rumor inseguro, inconfundible, de quien lleva una carga, pero el sonido que se oyó no fue
ése, más bien parecía como si vinieran a la carrera, si tal proeza es posible tratándose de
gente que no puede ver dónde pone los pies. Y, con todo, nadie podría decir otra cosa
cuando ellos aparecieron jadeantes en la puerta. Qué habrá pasado para que hayan venido
así, corriendo, y estén los tres intentando entrar al mismo tiempo para dar la inesperada
noticia, No nos han dejado traer la comida, dijo uno, y los otros repitieron, No nos han
dejado, Quién, los soldados, preguntó una voz cualquiera, No, los ciegos, Qué ciegos, aquí
todos somos ciegos, No sabemos quiénes eran, dijo el dependiente de farmacia, pero creo
que deben ser de aquellos que vinieron juntos, los últimos que llegaron, Y cómo es eso, por
qué no os dejaron traer la comida, preguntó el médico, hasta ahora no ha habido ningún
problema, Ellos dicen que eso se ha acabado, que a partir de hoy, quien quiera comer,
tendrá que pagar. De todos los lugares de la sala saltaron las protestas, No puede ser,
Quitarnos la comida, Cuadrilla de ladrones, Una vergüenza, ciegos contra ciegos, nunca
pensé que viviría para ver una cosa así, Vamos a quejarnos al sargento. Alguno, más
decidido, propuso que se juntaran todos para ir a reclamar lo que era suyo, No será fácil,
fue la opinión del dependiente de farmacia, son muchos, me quedé con la impresión de que
era un grupo grande, y lo peor es que están armados, Armados, cómo, Palos al menos
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