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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
llegado, Somos más de cincuenta sólo en nuestra ala, tenemos hambre, lo que nos traen no
es suficiente, Eso de la comida no es cosa del Ejército, Pero alguien tendrá que remediar la
situación, el Gobierno se comprometió a alimentarnos, Se acabó, vuelvan dentro, no quiero
ver a nadie en la puerta, El azadón, gritó aún la mujer del médico, pero el sargento se había
retirado ya. Iba mediada la mañana cuando se oyó el altavoz de la sala, Atención, atención,
los internos se alegraron creyendo que era el anuncio de la comida, pero no, se trataba de la
pala, Que venga alguien a recoger el azadón, pero nada de grupos. Por la posición y por la
distancia en que se encontraba, más cerca del portón que de la escalera, debieron tirarla
desde fuera, No tengo que olvidar que estoy ciega, pensó la mujer del médico, Dónde está,
preguntó, Baja la escalera, ya te iré guiando, respondió el sargento, muy bien, sigue ahora
andando en esa misma dirección, así, así, alto ahora, vuélvete un poco hacia la derecha, no,
a la izquierda, menos, menos, ahora adelante, si no te desvías te darás de narices con ella,
caliente, que te quemas, mierda, ya te dije que no te desviases, frío, frío, vas calentándote
otra vez, caliente, cada vez más caliente, ya está, da ahora media vuelta y vuelvo a guiarte,
no quiero que te quedes ahí como una burra en la noria, dando vueltas, y acabes junto al
portón, No te preocupes, pensó ella, iré desde aquí a la puerta en línea recta, a fin de
cuentas, es igual, aunque sospechase que no soy ciega, a mí qué me importa, no va a venir
a buscarme. Se echó el azadón al hombro, como un viñador que va al trabajo, y se dirigió a
la puerta sin desviarse un paso, Mi sargento, ve eso, exclamó uno de los soldados, para mí
que ésa tiene ojos, Los ciegos aprenden muy rápido a orientarse, explicó, convencido, el
sargento.
Fue trabajoso abrir la tumba. La tierra estaba dura, apretada, había raíces a un
palmo del suelo. Cavaron el taxista, los dos policías y el primer ciego. Ante la muerte, lo
que se espera de la naturaleza es que los rencores pierdan su fuerza y su veneno, cierto es
que se dice que odio viejo no cansa, y de eso no faltan pruebas en la literatura y en la vida,
pero esto, la verdad, no era realmente odio, y de viejo no tenía nada, pues qué vale el robo
del coche al lado del muerto que lo había robado, y menos en el mísero estado en que se
encuentra, que no son precisos ojos para saber que esta cara no tiene nariz ni boca. Sólo
pudieron cavar tres palmos. Si el muerto fuera gordo, le habría quedado asomando la
barriga, pero el ladrón era flaco, un auténtico palo de escoba, y más aún después del ayuno
de tres días, cabrían en aquella tumba dos como él. No hubo oraciones. Podríamos ponerle
una cruz, recordó la chica de las gafas oscuras, los remordimientos hablaron por ella, pero
nadie tenía noticia de lo que el difunto pensaba en vida de tales historias de Dios y de la
religión, lo mejor era callar, si es que otro procedimiento tiene justificación ante la muerte,
además, téngase en consideración que hacer una cruz es algo mucho menos fácil de lo que
parece, por no hablar del tiempo que iba a sostenerse, con todos estos ciegos que no ven
dónde ponen los pies. Volvieron a la sala. En los sitios más frecuentados, salvo en el
campo abierto, como el cercado, ya no se pierden aquellos ciegos, que con un brazo
tendido hacia delante y unos dedos moviéndose como antenas de insectos se llega a todas
partes, incluso es probable que los ciegos más dotados no tarden en desarrollar eso que
llamamos visión frontal. La mujer del médico, por ejemplo, es asombroso cómo consigue
moverse y orientarse por ese procedimiento entre aquel rompecabezas de salas, desvanes y
corredores, cómo sabe doblar una esquina en el punto exacto, cómo se detiene ante una
puerta y abre sin vacilar, cómo no tiene que ir contando las camas hasta llegar a la suya.
Está sentada ahora en la cama del marido, habla con él, muy bajito, como de costumbre, se
ve que es gente de educación, y tienen siempre algo que decirse el uno al otro, no son
como el otro matrimonio, el primer ciego y su mujer, después de aquellas conmovedoras
efusiones del reencuentro casi no han conversado, y es que, en ellos, probablemente, ha
podido más la tristeza de ahora que el amor de antes, con el tiempo se acostumbrarán.
Quien no se cansa de repetir que tiene hambre es el niño estrábico, pese a que la chica de
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