ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 38

Ensayo Sobre La Ceguera José Saramago llegado, Somos más de cincuenta sólo en nuestra ala, tenemos hambre, lo que nos traen no es suficiente, Eso de la comida no es cosa del Ejército, Pero alguien tendrá que remediar la situación, el Gobierno se comprometió a alimentarnos, Se acabó, vuelvan dentro, no quiero ver a nadie en la puerta, El azadón, gritó aún la mujer del médico, pero el sargento se había retirado ya. Iba mediada la mañana cuando se oyó el altavoz de la sala, Atención, atención, los internos se alegraron creyendo que era el anuncio de la comida, pero no, se trataba de la pala, Que venga alguien a recoger el azadón, pero nada de grupos. Por la posición y por la distancia en que se encontraba, más cerca del portón que de la escalera, debieron tirarla desde fuera, No tengo que olvidar que estoy ciega, pensó la mujer del médico, Dónde está, preguntó, Baja la escalera, ya te iré guiando, respondió el sargento, muy bien, sigue ahora andando en esa misma dirección, así, así, alto ahora, vuélvete un poco hacia la derecha, no, a la izquierda, menos, menos, ahora adelante, si no te desvías te darás de narices con ella, caliente, que te quemas, mierda, ya te dije que no te desviases, frío, frío, vas calentándote otra vez, caliente, cada vez más caliente, ya está, da ahora media vuelta y vuelvo a guiarte, no quiero que te quedes ahí como una burra en la noria, dando vueltas, y acabes junto al portón, No te preocupes, pensó ella, iré desde aquí a la puerta en línea recta, a fin de cuentas, es igual, aunque sospechase que no soy ciega, a mí qué me importa, no va a venir a buscarme. Se echó el azadón al hombro, como un viñador que va al trabajo, y se dirigió a la puerta sin desviarse un paso, Mi sargento, ve eso, exclamó uno de los soldados, para mí que ésa tiene ojos, Los ciegos aprenden muy rápido a orientarse, explicó, convencido, el sargento. Fue trabajoso abrir la tumba. La tierra estaba dura, apretada, había raíces a un palmo del suelo. Cavaron el taxista, los dos policías y el primer ciego. Ante la muerte, lo que se espera de la naturaleza es que los rencores pierdan su fuerza y su veneno, cierto es que se dice que odio viejo no cansa, y de eso no faltan pruebas en la literatura y en la vida, pero esto, la verdad, no era realmente odio, y de viejo no tenía nada, pues qué vale el robo del coche al lado del muerto que lo había robado, y menos en el mísero estado en que se encuentra, que no son precisos ojos para saber que esta cara no tiene nariz ni boca. Sólo pudieron cavar tres palmos. Si el muerto fuera gordo, le habría quedado asomando la barriga, pero el ladrón era flaco, un auténtico palo de escoba, y más aún después del ayuno de tres días, cabrían en aquella tumba dos como él. No hubo oraciones. Podríamos ponerle una cruz, recordó la chica de las gafas oscuras, los remordimientos hablaron por ella, pero nadie tenía noticia de lo que el difunto pensaba en vida de tales historias de Dios y de la religión, lo mejor era callar, si es que otro procedimiento tiene justificación ante la muerte, además, téngase en consideración que hacer una cruz es algo mucho menos fácil de lo que parece, por no hablar del tiempo que iba a sostenerse, con todos estos ciegos que no ven dónde ponen los pies. Volvieron a la sala. En los sitios más frecuentados, salvo en el campo abierto, como el cercado, ya no se pierden aquellos ciegos, que con un brazo tendido hacia delante y unos dedos moviéndose como antenas de insectos se llega a todas partes, incluso es probable que los ciegos más dotados no tarden en desarrollar eso que llamamos visión frontal. La mujer del médico, por ejemplo, es asombroso cómo consigue moverse y orientarse por ese procedimiento entre aquel rompecabezas de salas, desvanes y corredores, cómo sabe doblar una esquina en el punto exacto, cómo se detiene ante una puerta y abre sin vacilar, cómo no tiene que ir contando las camas hasta llegar a la suya. Está sentada ahora en la cama del marido, habla con él, muy bajito, como de costumbre, se ve que es gente de educación, y tienen siempre algo que decirse el uno al otro, no son como el otro matrimonio, el primer ciego y su mujer, después de aquellas conmovedoras efusiones del reencuentro casi no han conversado, y es que, en ellos, probablemente, ha podido más la tristeza de ahora que el amor de antes, con el tiempo se acostumbrarán. Quien no se cansa de repetir que tiene hambre es el niño estrábico, pese a que la chica de Página 38 de 148