ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 36
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
habían acabado de equiparse y esperaban alineados, fusil en mano. Encended el proyector,
ordenó el sargento. Uno de los soldados subió a la plataforma del vehículo. Segundos
después, el foco deslumbrante iluminó el portón enrejado y la fachada del edificio. No hay
nadie, animal, dijo el sargento, y se disponía a soltar unas cuantas amenidades militares del
mismo estilo cuando vio que por debajo del portón se extendía, bajo la violenta luz del
foco, un charco negro. Le diste de lleno, amigo, dijo. Después, recordando las órdenes
rigurosas que había recibido, gritó, Atrás, eso se pega. Los soldados retrocedieron,
medrosos, pero continuaron mirando el charco que lentamente asomaba por entre las
junturas de las piedras de la acera. Crees que el tipo ese está muerto, preguntó el sargento,
Tiene que estarlo, le solté una ráfaga de lleno en la cara, respondió el soldado, contento
ahora con su obvia demostración de puntería. En ese momento, otro soldado gritó nervioso,
Sargento, sargento, mire ahí. En el rellano exterior de la escalera se veían unos cuantos
ciegos, más de diez. Quietos, no avancen, gritó el sargento, un paso más y los achicharro a
todos. En las ventanas de las casas de enfrente, algunas personas, arrancadas del sueño por
los disparos, miraban asustadas a través de los cristales. Entonces, el sargento gritó, Que
vengan cuatro a recoger el cuerpo. Como no podían ver ni contar, fueron seis los ciegos
que se movieron, He dicho cuatro, gritó el sargento histéricamente. Los ciegos se tocaron,
volvieron a tocarse, dos se quedaron atrás. Los otros empezaron a andar a lo largo de la
cuerda.
Vamos a ver si hay por aquí una pala o un azadón, algo, cualquier cosa que sirva
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